Dos luces

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El lugar tampoco es que requiera demasiada presentación: la misma choza de los yeseros a la que sigo volviendo irremediablemente, y del que las zarzas y los matojos vuelven a tomar posesión desde la limpieza de cauce que levó a cabo la confederación. Además el punto de toma para el 65mm es casi siempre el mismo: desde el puente de la carretera, estrechillo (una sola viga) y un poco apurado si en ese momento pasa algún camión. Como contrapartida, los viejos quitamiedos de piedra ofrecen un soporte casi perfecto para sostener la cámara en exposiciones largas.

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Con todo, en dos tomas prácticamente idénticas, dos resultados bastante diferentes y entre los cuales no soy capaz de decidirme. El mimetismo es casi total en la primera, algo bastante común en estos parajes cuando se usa el blanco y negro y de lo cual a veces nos quejamos, pero que sin embargo parece encajar mejor con mi recuerdo del lugar en aquella tarde más bien oscura.

Orientando la cámara hacia el otro lado no hay más opción que la de abajo, así que muerto el perro muerta la rabia.

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Todas las tomas están hechas con lo de siempre, la Mamiya C220 (la del homenaje) con el 65/3.5. En este caso sin embargo la película es Kodak T400CN, película cromogénica C41 en blanco y negro que compré a saldo (ya caducada) en Casanova hará ya unos cuantos años. Necesitaba gastarlo en alguna ocasión y el par de stops adicionales junto con la latitud del cromogénico vienen bien para la poca luz de las tardes navideñas.

Aunque algunos han revelado esta película en químicos de blanco y negro, los resultados no parecen ser para tirar cohetes y especialmente el grano resultante parece ser bastante desagradable. La alternativa ha sido un revelado comercial, rápido y barato, pero que para variar me ha devuelto la película con unas cuantas rayas longitudinales. Què hi farem.

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Todos los gatos son pardos

O debería decir invisibles, al menos a una exposición de dos minutos a f/8, y eso que se estuvo quietecito un rato en un rincón. Albergué esperanzas de que fuera suficiente, pero no, además no soy yo quien para hacerle llegar con retraso a la pelea de aristogatos que se desarrollaba un poco más allá.

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Doce fotogramas a una media de 2 minutos y medio de exposición para cada uno. Más el tiempo destinado a la búsqueda de sujetos, la preparación de todo el tinglado y el paseo por el pueblo (desierto, terriblemente desierto este año por fiestas, lo cual va bien para hacer fotos que parezcan tomadas a las 2 de la mañana cuando sean poco más de las siete de la tarde, pero que no deja de llenarte de tristeza, esperemos que para fin de año la cosa remonte un poco).

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El año pasado, un poco harto de empachos navideños y tras leer una entrada en el blog de Enrique me tiré escaleras abajo con la Mamiya y el trípode aprovechando la ocasión de la anual hoguera de nochebuena. Así que aunque este año la hoguera no estaba tan fotogénica debido a obras varias que ocupan parte de la plaza, no podía ser menos en lo que espero se vaya convirtiendo en una buena costumbre de salir ahí fuera a dar el cante.

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No sólo porque (cuando funcionan) los resultados de este tipo de fotografía puedan resultar bastante impactantes, sino también porque resulta adictivo ese pequeño placer masoquista de esperar esos dos minutos bajo un frío de la ostia (este año no tanto, todo sea dicho), pensando en tus cosas, en si habrás clavado el foco en su sitio en un visor en el que apenas se ve un carajo, si la exposición a ojímetro saldrá bien, sin más sonidos que el viento, las campanadas cada cuarto de hora, y algún que otro eco lejano desde el bar, sabiendo que de alguna manera estás haciendo lo que debes.

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Y no digamos ya cuando un curioso gato invisible decide divertirse pasándote entre las piernas y el escalofrío te sube por la columna hasta el cogote.

Desde la ventana

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Supongo que no es casual que la que se considera como la primera fotografía de la historia (y muchas, muchas de las que vinieron después) fuese algo tan cotidiano como la vista desde una ventana.

También imagino que la cosa no viene de ahí. Si empezáramos a rastrear seguro que nos topábamos con los grandes de la pintura europea, con las láminas de Hokusai / Hiroshigue (ese gato mirando desde el alféizar…) y si hacemos un regreso al futuro qué decir del cine y su ventana indiscreta. Es algo sorprendentemente simple, pero a la vez tiene el potencial de grabarse en nuestra retina como pocas cosas, quien no le tiene un especial cariño a ese depósito de agua de la terraza de enfrente utilizado hasta la extenuación como ejemplo en el libro de laboratorio fotográfico de Grisart !?

A lo mejor simplemente es algo entre la pereza y la chafardería.

El paisaje habitable

Como bien apuntaba Enrique el otro día, el libro de Barthes (difícil a veces, punzante otras, las que quedan pues algo entre medias) tenía más sorpresas escondidas.

No voy a negarlo. Mi lectura fue diagonal, es una de mis muy malas costumbres, adquirida durante los años que pasé trabajando como ‘The IT guy’, y más adelante como lector exprés de ‘papers’. Una de los cosas que me hizo detenerme fue la que ya comentamos acerca de esa dualidad del stadium y el punctum.

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Otra, que me dejó mejor sensación en el cuerpo, quizá por considerarla más cercana, fue una sección sobre la fotografía del paisaje, a lo que la impulsa en el fotógrafo, y a lo que provoca en el espectador. De nuevo el Sr. Barthes de marras va hablando sobre lo que hace que cierta foto sea interesante para él, y es aquí donde introduce el concepto del paisaje habitable, aquel paisaje (rural, urbano, el que sea) que despierta en el espectador las ganas de, literalmente, habitar en él. Y claramente contrapone esa sensación con la del paisaje visitable, por el que querrías pasar como turista (o viajero); no, de lo que aquí se habla es de pasar a formar parte, por activa y por pasiva, de esa escena que ves ante tus ojos.

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O como escribía bajo la fotografía de un caserón desvencijado en una callejuela adyacente a la Alhambra tomada en mil ochocientos y mucho: literalmente hubiera querido habitar allí, vivir en aquella casa, en aquella época. Declaración de intenciones al pie de la letra o ideal romántico ? No lo llegué a discernir en el texto, pero sabiendo que lo primero era físicamente imposible (excepto para algunos), pues tampoco parecía mala idea lo segundo.

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No sé si como dice Enrique esa misma sensación, o una similar, es la que hace que no podamos evitar pararnos ante los mismos paisajes para retratarlos una y otra vez, anhelando un espacio y un tiempo que no existe más que en nuestra mente y con suerte en el fotograma. Como el anhelado sillón con alas del turista accidental.

No seas tacaño *

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El otro día en una breve visita a la biblioteca local estuve hojeando ‘La cámara lúcida’, de Ronald Barthes. Para ser sincero, nunca acabo de conectar del todo con estos libros, lo que en su momento me producía cierta frustración. Hoy día, sin embargo, ya sea por peinar alguna cana o bien por una mezcla de pereza y sentido práctico, doy por hecho que no tengo por qué conectar con él, y que simplemente encontrar ciertas ideas o argumentos interesantes puede ser suficiente (especialmente si no he pagado por él!).

Lo que me llamó la atención en este libro fue la forma en que el Sr. Barthes ‘recorre’ con sus ojos y sus ideas diversas fotos (algunas mundialmente conocidas, otras no tanto), y como las va destripando basándose en dos conceptos, el stadium y el punctum.

Así, mientras por lo que entendí en mi breve lectura, lo primero vendría a ser la puesta en escena, el sujeto, el entorno, el punto de vista, y todo lo demás que el fotógrafo nos quiere contar, el punctum sería ese ‘algo’ normalmente pequeño, secundario, imprevisto, que aún de forma inconsciente actuaba como punzada en el pensamiento del observador: la superficie maltratada de un camino en una ciudad de Europa del este, un dedal en el dedo de una niña, los brazos cruzados de cierto personaje secundario. El autor va elaborando sobre sus reacciones ante esto: unas veces estos elementos le referían a situaciones personales, otras a fotos que le habían impactado en algún momento anterior, algunas incluso de su propio álbum familiar. En ocasiones la existencia de ese punctum y su referencia en el mundo real llegaban días después de haber visto la foto que lo contenía, tras algún descubrimiento auxiliar que actuaba de catalizador y puente entre la sombra fotografiada y la idea real.

Un concepto curioso, porque le hace a uno pensar en el poder de las serendipias, de la foto que hacemos sin hacer, o de lo que no vemos pasar ante nuestro objetivo porque estamos demasiado centrados en el sujeto, pero que sin embargo por casualidad (?) somos capaces de capturar y empaquetar para hacer cosquillas en la memoria de alguien al otro lado del espacio o del tiempo. Y por otra parte esto te lleva a otro dilema considerable: una foto sin punctum, sirve de algo ?

Aquí ya sentí el leve crujir de bambú bajo mis pies y tras un breve escalofrío empecé a recular muy lentamente. En efecto ahí delante estaba el foso, bien oculto bajo un armazón de cañas cubierto con un entramado de palabras, entre las cuales se adivinaban los punctums afilados que esperaban al pobre desventurado que siguiese adelante. Eso sí que hubiera sido una punzada !

Así que bastante contrariado cerré el libro y me dispuse a disfrutar de lo que tenía en la estantería de al lado: la antología de tiras cómicas de Rip Kirby. Lo siento, pero es que soy ingeniero, y además un poco freak.

* Lo de no seas tacaño es debido a las ligeras manchas que se ven en el lateral derecho de la foto, por racanear en la cantidad de revelador !

Variaciones sobre un mismo tema

---Creo que este era el título de algún capítulo, o como mínimo el de alguna sección de un libro del que el otro día estuvimos hablando con Luis. Un título tan aparentemente poco original como ‘El libro de la fotografía’, resultó ser un mentor que, quizás realidad, quizás nostalgia, seguramente mitad y mitad, considero uno de los hallazgos más memorables que encontré en la biblioteca de la Escuela Politécnica de Vilanova. El otro fue sin duda la bibliotecaria.

---Nunca conseguí articular con ella más de 4 frases seguidas, y todas relativas al alquiler, devolución o consulta de algún libro, así que por ahí la cosa no tuvo mucho que contar. Sin embargo por algún motivo ese libro de John Hedgecoe de principios de los 90 me enganchó desde el primer día. Diría que su lectura y la combinación de texto, técnica, fotografía y anécdotas tenía casi algo musical, sobre todo en esos trayectos en Renfe bordeando los acantilados y calas entre Vilanova, Sitges, Garraf y Castelldefels. Tanto me gustó que (no sólo por ella, malpensados), fui renovando y realquilándolo hasta que al final era un complemento más en la mochila y estuvo conmigo durante más de un año.

---Así que aquí seguimos, variando sobre un mismo tema, y pensando si vale la pena intentar recuperar aquel libro, o si es mejor dejar que siga viviendo en el cálido mundo de los buenos recuerdos.

Luces y sombras

Como las polillas a la luz, siempre atraído por las mismas ruinas, sus contrastes extremos y la confusión entre motivo y cascadas de zarzales y enredaderas varias. Vale sí, también influye el hecho de que es un final de paseo perfecto de kilómetro y pico antes de darte la vuelta y volver a casa.

UntitledCada año que pasa, sobre todo desde que cedió el tejado, el estado del edificio empeora cada vez más deprisa, tanto que uno ya no sabe si de hecho las malas hierbas están ahí para ayudar a sostenerlo. O son el abrazo de la tierra que reclama la toba que un día fue suya, quien sabe.

UntitledPor cierto el formato ligeramente rectangular de las últimas fotos no es adrede, sino debido el ligero viñeteo provocado por el parasol Ihagee que claramente no estaba pensado para un 65mm en formato 6×6. Otro objeto a apuntar en la lista de víctimas de la Dremel para cuando caiga una.

Al detalle

Otra vez más lejos y más cerca, pero esta vez hay truco. Y es que tras bastante tiempo con el Sekor Super de 180mm haciendo amigos en el armario, parece que por fin encontré un sujeto al que no podía acercarme de otra manera.

-No soy muy aficionado a los teles, aunque sean moderados como este, y me siento bastante más cómodo con focales angulares, que me permiten (o me obligan) a vagabundear alrededor de las cosas hasta obtener un punto de vista que me convenza (a veces me lleva horas… y que bien me lo paso ! ). Aún así valió la pena porque como dicen allende los mares este pequeño monstruo que sobresale de la Mamiya tanto o más que el propio cuerpo de la cámara te puede ‘sacar de golpe los calcetines’. No me he puesto a hurgar en el detalle visible a altas resoluciones, pero no me extrañaría que la respuesta fuera llana y simplemente, el que haga falta.

-Cuando la compuerta está levantada y todo el cauce baja por el lateral, la rampa que se adivina a la izquierda queda seca y se convierte en una improvisada playa cementada. Hoy día no está muy en boga, porque en un tris uno se planta en algún sitio con piscina, balneario o incluso playa, pero en su día, cuando uno era chaval, extender la toalla y aprovechar la poza natural que hacía el río justo tras la rampa era una auténtica gozada. Con tres metros y pico de profundidad de agua cristalina remansada y algo más calentita (o mejor dicho menos helada) que en las zonas de corriente, aquello era sin duda una buena manera de ayudar a sobrellevar los hornos mesetarios de julio y agosto. Si hasta está todavía el tocón de arbol que nos servía de trampolín a veces. Qué tiempos aquellos…

Más lejos, más cerca

El 2012 será, sin duda, recordado por muchas cosas, algunas mejores que otras, qué vamos a descubrir a estas alturas. Otras sin embargo no han estado mal del todo.

-Y es que aunque la antigua carretera hacía la función de carta gris 18% casi perfecta, no es menos cierto que tras quizás 30 (40? 50?) años sin casi ningún tipo de mantenimiento la cuestión ya empezaba a ser urgente. Que lo hayan hecho en condiciones (con firme nuevo bien nivelado y la anchura legal delimitada por rayas) en estos tiempos que corren en que toda inversión pública en el medio rural parece condenada al ostracismo y al olvido o a lo que es peor y como decía un amigo mío, a pasar por el tubo neoliberal del ‘lucro, si tío!’ pues es de agradecer, aunque en el fondo no lo olvidemos sea fruto de impuestos pagados por los ciudadanos y el tramo arreglado no pase de tres kilómetros.

-Echaré de menos los pequeños charcos que quedaban en los miles de baches, resaltes y pequeños socavones, aquellas texturas irregulares por doquier, esa tonalidad gris medio que resultaba tan útil para la fotometría, y esas cunetas devoradas a bocados por la hierba, los años sucesivos de heladas y desheladas y el apetito voraz de los neumáticos de los tractores. Pero desde un punto de vista menos romántico al menos ahora puede uno cruzarse con otro coche sin tener que tirarse a la cuneta cada dos por tres y las rayas blancas también dan su juego…

…esperemos que la novedad no venga con gato encerrado…