De entre las sombras

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Es decir, de donde no hay, y por tanto no se puede sacar.

Está más claro que el agua que cagadas y desastres nos esperan a todos, pero ha sido un poco frustrante ver cómo las unas y las otras han decidido prolongar su fiesta de hermandad durante unos cuantas semanas a mi costa y en modo de barra libre.

Así que como note to self, y a modo de explicación autoconclusiva: el PanF50 excesivamente fino no pareció ser ni un error de exposición ni un exceso de tiempo durmiendo en el cajón tras ser expuesto, sino un Diafine post-mortem (no, resulta que no es eterno!) que no tuvo ningún problema en dejar subrevelados dos rollos más antes de irse váter abajo.

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Posteriormente, los tres cuatro PanF50 llenos de lo que parece (en el positivo) un bonito efecto de una de esas bolas nevadas tan molonas, tampoco parecen ser causa de una mala combinación de revelador – fijador – agua, ni del estado particular o contaminación de ninguna de las partes, ya que la prueba de control (el revelado por parte de entes neutrales al marrón, cual fotográficos cascos azules), revela (no pun intended) el mismo efecto de telefilme navideño de sobremesa de antena3, o de uno de esos culebrones de narcotraficantes que nos ponen ahora.

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Concluyendo esta bonita tragicomedia en tres actos, un examen más cuidadoso justo hace un rato del primer PanF, aquel tan fino en el que costaba ver a ojo absolutamente nada, muestra al escaneado los mismos puntitos de los cojones, que parecen haber estado ahí desde el principio, y que muy probablemente son eran intrínsecos a esos rollos, ya sea por mal estado al estar caducados (cosa rara en blanco y negro, pero siempre hay una primera vez), o debido a un mal almacenamiento por mi parte.

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Así que como decía Bela Lugosi en Ed Wood, temed, temed al viejo dragón verde, se comerá la plata de vuestras emulsiones y os dejará con cara de tontos cuando además la falta de la susodicha os impida ver otro problema subyacente. O lo que es lo mismo, shit happens a.k.a. más se perdió en Cuba.

 

 

 

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Permanencia

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[…] Y empecé a darme cuenta entonces, de que ser de pueblo era un don de Dios y que ser de ciudad era un poco como ser inclusero, y que los tesos y el nido de la cigüeña  y los chopos y el riachuelo y el soto eran siempre los mismos, mientras las pilas de ladrillo y los bloques de cemento y las montañas de piedra de la ciudad cambiaban cada día y con los años no restaba allí un solo testigo del nacimiento de uno, porque mientras el pueblo permanece, la ciudad se desintegraba por aquello del progreso y las perspectivas de futuro. […].

Miguel Delibes. Viejas historias de Castilla La Vieja.

Dos minutos

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Ciento-veinte. A f/8. Así contados de forma torticera mientras vas dando pequeños paseos para no perder demasiado calor con cuidado de no tocar el trípode. Funciona excepto en los pies, y porque tonto que es uno se va de caza nocturna a primeros de enero con las niki de Marty McFly. Nada que luego poniendo los pies junto al fuego no se pasara en un rato.

Una docena de ciento veintes, unos más otros menos, llenando los pulmones de cada vez más fría oscuridad mientras esperas sin un alma a la vista (o casi, anda mira un fotógrafo) si exceptuamos el desfile gatuno de siempre, en el que esta vez no ha habido trifulcas. Y no importa que ya casi sean de la familia, no hay ocasión en que alguno de ellos no te meta un buen susto, qué cabrones.

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Apuntes de Mecanística

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Nothing fancy as this post title may suggest, just my way to give a name to the intentional hunting of a given image (or imagery), come it from my mind only, or from any previous and usually unfruitful attempt. If it is enough this time and if it will be useful for the intended purpose, I still have to decide, because the white patch of empty land in the top left is at least to me a tad annoying…

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Another day at the office

Another day at the office

O como pasar una mañana feliz. Ya van unas cuantas fotos usando el móvil a lo polaroid que acaban teniendo algo que me gusta, y ya van dos opiniones interesantes sobre la posibilidad de trabajar algo el color, nada es casual. Eso sí, me faltan muchas tablas y horas de vuelo, tanto del material como sobre todo de la luz.

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La Zona

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Al final no fue necesario rebuscar nada, y tras unos días, algunas piezas que se habían movido de su sitio durante un par de horas de ejercicios formales fueron cayendo solas hacia donde quisieron jugando con teclas y resortes varios por el camino.

Un corto paseo entre libros y ya estamos de nuevo en la autopista (de peaje) del Eterno Retorno, camino hacia la fascinación por lo que como dijo Simmel (gracias Luis) representa como ninguna otra cosa la tragedia del impulso creador del hombre sucumbiendo a las fuerzas de la naturaleza.

Y además me vuelvo de allí con una propina que no esperaba. Como esa calidez cromática que nos regala Tarkovsky una vez entramos en la suya, la Zona de Atget parece ser ese lugar donde una (aparentemente) fría sistematización profesional da lugar a un impulso genuinamente humano tras el obturador.

Curiosamente, mientras lo primero parece haber tenido éxito en capturar la existencia de un alma inmaterial, en ocasiones parece que lo segundo esté condenado a devolvernos el frío reflejo de unas miradas vacías que no están allí.

Barthes, Baudeleire, el viaje de invierno y las calles de arena

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Por aquí han aparecido no hace mucho Roland Barthes, el lugar plácido, las ruinas y el eco de cantos de sirena, Baudeleire y la memoria. Memoria que, también lo hemos dicho alguna vez, parece que encontramos cierto gustillo masoquista en estimular, cosa que nos impulsa a volver machaconamente sobre lo mismo una y otra vez.

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Pero he aquí que uno es aún lo bastante inocente como para empezar a sospechar que la historia invariablemente también se repite y que la casualidad no existe cuando es de nuevo nuestro protagonista, sí, el mismísimo Barthes, quien cual vulgar doppelgänger, se nos aparece otra vez pluriempleándose y hablándonos ahora sobre el fetiche Arumbaya que lleva de cabeza a Tintín en la Oreja Rota, obsequiándonos luego de propina con un ensayo sobre la iconografía religiosa y su relación directa con el nacimiento del arte y, ah, claro está, de la fotografía.

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Dos, pase. Pero ah! Es que luego, en un requiebro magistral, es él otra vez quien sale de debajo del asiento del autobús para ponerse a rueda de Jean Bobet en el pavé de la París Roubaix con Baudeleire de gregario ! París Roubaix de la que unos días antes nos hablaba un tal Krabbé, sin resuello, mientras se dejaba el alma camino de los cañones del Tarn durante el Tour de Mont Aigoual y mascullaba algo acerca de no se qué bola monolítica girando en su cabeza en la que, no me extraña, parece que no quedaba espacio para nada más.

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Bola monolítica… o paisaje filosófico ! Siempre escabulléndose en el último suspiro, convirtiéndose en humo justo al cerrarse el obturador, ya sólo un recuerdo, como Scarlett Johansson saliendo por la puerta de la lavandería justo cuando le habíamos echado huevos para ir a decirle hola. Como la trucha más grande del río que lo es porque nunca se ha dejado pescar, o como ese polo, punto matemático y convención arbitraria al que realmente nunca podrás llegar o del que siempre pasarás de largo, irónico agujero de Symmes después de todo, que sí pesao. Escapándose de la punta de los dedos, rodando glaciar abajo como un huevo de pingüino cosechado tras un duro viaje de invierno, derechito a despeñarse por los acantilados de Cabo Crozier o de la isla de Santa Elena y tiro porque me toca, todavía deambulando por las calles de arena, como queda patente en esta entrada.

 

Terapia

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Uno tiene poca conciencia encima de una bicicleta. Cuanto mayor es el esfuerzo que hace, menos conciencia tiene. (…) Lo que pasa por la cabeza de un ciclista durante una carrera es una bola monolítica, tan lisa y tan uniforme que ni siquiera se ve cómo gira. La ausencia casi absoluta de protuberancias en la superficie hace que no choque con nada que pueda entrar en el torrente de pensamientos.

El ciclista. Tim Krabbé.

 

No sé si a todo el mundo le pasa, pero también noto esa agradable falta de conciencia en ocasiones cuando estoy por ahí pateando rastrojos mesetarios, primero con la vista y luego con los pinreles, arrastrando cámara trípode y resto de bártulos a la búsqueda de algo que por definición sólo puede existir en mi cabeza.

Esa imagen, esa visualización de una utopía que como la bola monolítica de Krabbé gira sobre sí misma de forma imperceptible, reclama por un momento todo el espacio posible haciendo resbalar sobre su pulida superficie cualquier cosa que no sea ella misma.

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Es, de alguna manera, como ser y no ser al mismo tiempo, como estar sin estar, o quizás por un rato ser más uno mismo que nunca, por una vez liberados de pesos añadidos. Ser consciente de todo lo que te rodea, pero al mismo tiempo sólo en la medida en la que forma parte de esa imagen en tu mente, esperando y haciendo que todo confluya en un único punto.

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Un punto que como el agujero de Symmes y por ende el polo mismo, no es más que una inexistencia material por definición. Un signo convencional, una definición matemática de la que una vez has llegado sólo puedes salir y que sólo existe durante el instante en que permanece abierto el obturador, pues una vez cerrado la idea ya es forma. Forma que nace condenada a ser en sí un desengaño, siempre fluyendo asintóticamente hacia una idea que ya no está allí.

 

El barco de Teseo

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Según una leyenda griega recogida por Plutarco:

“El barco en el cual volvieron (desde CretaTeseo y los jóvenes de Atenas tenía treinta remos, y los atenienses lo conservaban desde la época de Demetrio de Falero, ya que retiraban las tablas estropeadas y las reemplazaban por unas nuevas y más resistentes, de modo que este barco se había convertido en un ejemplo entre los filósofos sobre la identidad de las cosas que crecen; un grupo defendía que el barco continuaba siendo el mismo, mientras el otro aseguraba que no lo era.”

Fuente: Wikipedia

Pese a que según dicen los que entienden de esto, cada más o menos siete años nuestro cuerpo ha renovado completamente todas las moléculas que lo componen, lo que quiera que sea de lo que están hechas las ideas se las arregla para permanecer ahí en su sitio, o por lo menos, de lo que estén hechas algunas.

Eso, traducido a lenguaje coloquial, viene a decir que soy un cabezón, y que sigo empeñado en conseguir (tanto como sea posible) buenas hojas de contacto a partir de un proceso digital utilizando los materiales que tengo disponibles, de forma limpia ágil y rápida. Esto es, un portátil normal y corriente junto con un muy humilde escáner Epson 3170 Photo, y en no más de 15-20 minutos por hoja en total.

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Tras varios intentos separados por no menos meses, parece que la opción de escanear toda la hoja del tirón es un sinsentido. Sin iluminación posterior y sin el escáner en modo transparencia (no abarca toda el área) los resultados son cómicos.

Eso me obliga a trabajar con una tira de tres fotogramas de 6×6 cada vez, usando una plantilla de papel para posicionar el negativo plano sobre el cristal en la posición que cubre el área de escaneado. Al no usar un cristal sobre el negativo, se puede dar cierta curvatura que sin duda afecta al resultado, pero que en éstos que ya están bien planitos no es demasiado problema. Un cristal en condiciones sobre ellos o mejor, uno de los soportes ‘third-party’ que se venden para escanear en 6×12 o 6×17 podría ayudar.

La resolución también juega un papel más anárquico de lo que creía: a 300dpi el escáner va que se las pela, a 600 tarda lo que no estoy dispuesto a esperar de ninguna manera. Curiosamente a 450 tarda casi lo mismo que a 600, pero a 400 prácticamente está en tiempos de 300. Como las tablas de precios-peso de Correos. A 400dpi se han quedado pues. A ver qué tal dan en impresión vía Fotoprix o similar.

Y finalmente, aunque entre las ventajas de las hojas digitales está el hecho de que cada fotograma puede tener su propio ajuste de niveles y curvas para adecuarse a lo que quieras sacar de él, me parece que un ajuste global de niveles para convertir el borde negro de los fotogramas en ‘negro de verdad’ es bastante más respetuoso a la hora de juzgar de forma particular una foto en concreto. Siempre se pueden hacer copias de trabajo con los ajustes necesarios y así comparar.

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En mi siguiente nivel de cabezonería, me gustaría encontrar algún programilla de edición para la tablet que además de algunos ajustes sencillos de imagen permitiera hacer algo parecido a lo que los lápices de cera sobre los contactos clásicos: anotar, seleccionar, marcar, tachar. Mientras el barco siga a flote y haya nueva madera para reemplazar que se va gastando, todo es posible.

The ship of Theseus, also known as Theseus’s paradox, is a thought experiment that raises the question of whether an object which has had all its components replaced remains fundamentally the same object. The paradox is most notably recorded by Plutarch in Life of Theseus from the late 1st century. Plutarch asked whether a ship which was restored by replacing each and every one of its wooden parts, remained the same ship.

Source: Wikipedia.

La nueva

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Como decía Enrique, la nueva carretera poco a poco va adquiriendo su propio carácter. De momento sólo a base de manchas de aceite, descoloridos varios por el uso y por la escarcha y alguna que otra grieta donde los portillos ceden. No hay duda de que con los años vendrán más marcas y cicatrices.

...Mientras tanto, una superficie nivelada y rasa bajo los pies y, cómo no, las llamativas y socorridas rayas que además de convertir el antiguo límite confuso e indefinido en una realidad métrica que los carreteros deberían respetar cuando llegue el momento de renovar el asfalto, resultan un nuevo elemento visual con el que jugar.