De la envidia sana, o el efecto Navidad

2015-10-16

Sirva la presente para dejar algo de constancia gráfica de lo que en el post anterior llamo puntos blancos tocadores de turmas. La situación de hecho pintaba bastante bien, cielos de nubes fotogénicas, temperatura casi de primavera, monte para mí sólo, nada de viento, nuevo trípode y rótula (gracias por el chivatazo Luis), y tiempo por delante. Sobre el papel, todo bien dispuesto para cobrarme mi dosis de envidia sana.

Así que no esperaba yo que tras una mañana tan bien apañada, lo que infectase bien infectada la totalidad de los fotogramas del rollo (y como dije el otro día la de todos sus hermanos), fuese algo como esto. Algo raro ya era visible en los negativos colgados a secar.

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Captura con el cutréfono en la pantalla, disculpad el Moiré guarrindongo. Algo raro ya se adivina en la esquina superior izquierda…

Pero la auténtica verdad vendría un poco después…

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Zoom in más cutre si cabe, pero sirve para ilustrar el concepto.

Es curiosa la distribución de los puntos, tanto entre fotogramas como dentro de los mismos. En algunos casos acaparando cielos o zonas de grises medios, en otros puramente uniformes por toda la superficie, en otros (menos mal) dejando algunos fotogramas totalmente libres de problemas, siempre en esos cuatro rollos, y en lo que no parece algo inusual con esta película (buscando en Google ‘Ilford Pan F 50 white dots’ se encuentran varios ejemplos), siempre sin una conclusión clara.

Lo dicho, puramente testimonial y por si sirve de referencia para algo en algún futuro. Y si no, pues para okupar un poco del internet, que para peores cosas se usa oye.

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De entre las sombras

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Es decir, de donde no hay, y por tanto no se puede sacar.

Está más claro que el agua que cagadas y desastres nos esperan a todos, pero ha sido un poco frustrante ver cómo las unas y las otras han decidido prolongar su fiesta de hermandad durante unos cuantas semanas a mi costa y en modo de barra libre.

Así que como note to self, y a modo de explicación autoconclusiva: el PanF50 excesivamente fino no pareció ser ni un error de exposición ni un exceso de tiempo durmiendo en el cajón tras ser expuesto, sino un Diafine post-mortem (no, resulta que no es eterno!) que no tuvo ningún problema en dejar subrevelados dos rollos más antes de irse váter abajo.

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Posteriormente, los tres cuatro PanF50 llenos de lo que parece (en el positivo) un bonito efecto de una de esas bolas nevadas tan molonas, tampoco parecen ser causa de una mala combinación de revelador – fijador – agua, ni del estado particular o contaminación de ninguna de las partes, ya que la prueba de control (el revelado por parte de entes neutrales al marrón, cual fotográficos cascos azules), revela (no pun intended) el mismo efecto de telefilme navideño de sobremesa de antena3, o de uno de esos culebrones de narcotraficantes que nos ponen ahora.

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Concluyendo esta bonita tragicomedia en tres actos, un examen más cuidadoso justo hace un rato del primer PanF, aquel tan fino en el que costaba ver a ojo absolutamente nada, muestra al escaneado los mismos puntitos de los cojones, que parecen haber estado ahí desde el principio, y que muy probablemente son eran intrínsecos a esos rollos, ya sea por mal estado al estar caducados (cosa rara en blanco y negro, pero siempre hay una primera vez), o debido a un mal almacenamiento por mi parte.

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Así que como decía Bela Lugosi en Ed Wood, temed, temed al viejo dragón verde, se comerá la plata de vuestras emulsiones y os dejará con cara de tontos cuando además la falta de la susodicha os impida ver otro problema subyacente. O lo que es lo mismo, shit happens a.k.a. más se perdió en Cuba.

 

 

 

La Zona

Untitled

Al final no fue necesario rebuscar nada, y tras unos días, algunas piezas que se habían movido de su sitio durante un par de horas de ejercicios formales fueron cayendo solas hacia donde quisieron jugando con teclas y resortes varios por el camino.

Un corto paseo entre libros y ya estamos de nuevo en la autopista (de peaje) del Eterno Retorno, camino hacia la fascinación por lo que como dijo Simmel (gracias Luis) representa como ninguna otra cosa la tragedia del impulso creador del hombre sucumbiendo a las fuerzas de la naturaleza.

Y además me vuelvo de allí con una propina que no esperaba. Como esa calidez cromática que nos regala Tarkovsky una vez entramos en la suya, la Zona de Atget parece ser ese lugar donde una (aparentemente) fría sistematización profesional da lugar a un impulso genuinamente humano tras el obturador.

Curiosamente, mientras lo primero parece haber tenido éxito en capturar la existencia de un alma inmaterial, en ocasiones parece que lo segundo esté condenado a devolvernos el frío reflejo de unas miradas vacías que no están allí.