Dos minutos

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Ciento-veinte. A f/8. Así contados de forma torticera mientras vas dando pequeños paseos para no perder demasiado calor con cuidado de no tocar el trípode. Funciona excepto en los pies, y porque tonto que es uno se va de caza nocturna a primeros de enero con las niki de Marty McFly. Nada que luego poniendo los pies junto al fuego no se pasara en un rato.

Una docena de ciento veintes, unos más otros menos, llenando los pulmones de cada vez más fría oscuridad mientras esperas sin un alma a la vista (o casi, anda mira un fotógrafo) si exceptuamos el desfile gatuno de siempre, en el que esta vez no ha habido trifulcas. Y no importa que ya casi sean de la familia, no hay ocasión en que alguno de ellos no te meta un buen susto, qué cabrones.

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Apuntes de Mecanística

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Nothing fancy as this post title may suggest, just my way to give a name to the intentional hunting of a given image (or imagery), come it from my mind only, or from any previous and usually unfruitful attempt. If it is enough this time and if it will be useful for the intended purpose, I still have to decide, because the white patch of empty land in the top left is at least to me a tad annoying…

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Another day at the office

Another day at the office

O como pasar una mañana feliz. Ya van unas cuantas fotos usando el móvil a lo polaroid que acaban teniendo algo que me gusta, y ya van dos opiniones interesantes sobre la posibilidad de trabajar algo el color, nada es casual. Eso sí, me faltan muchas tablas y horas de vuelo, tanto del material como sobre todo de la luz.

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Barthes, Baudeleire, el viaje de invierno y las calles de arena

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Por aquí han aparecido no hace mucho Roland Barthes, el lugar plácido, las ruinas y el eco de cantos de sirena, Baudeleire y la memoria. Memoria que, también lo hemos dicho alguna vez, parece que encontramos cierto gustillo masoquista en estimular, cosa que nos impulsa a volver machaconamente sobre lo mismo una y otra vez.

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Pero he aquí que uno es aún lo bastante inocente como para empezar a sospechar que la historia invariablemente también se repite y que la casualidad no existe cuando es de nuevo nuestro protagonista, sí, el mismísimo Barthes, quien cual vulgar doppelgänger, se nos aparece otra vez pluriempleándose y hablándonos ahora sobre el fetiche Arumbaya que lleva de cabeza a Tintín en la Oreja Rota, obsequiándonos luego de propina con un ensayo sobre la iconografía religiosa y su relación directa con el nacimiento del arte y, ah, claro está, de la fotografía.

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Dos, pase. Pero ah! Es que luego, en un requiebro magistral, es él otra vez quien sale de debajo del asiento del autobús para ponerse a rueda de Jean Bobet en el pavé de la París Roubaix con Baudeleire de gregario ! París Roubaix de la que unos días antes nos hablaba un tal Krabbé, sin resuello, mientras se dejaba el alma camino de los cañones del Tarn durante el Tour de Mont Aigoual y mascullaba algo acerca de no se qué bola monolítica girando en su cabeza en la que, no me extraña, parece que no quedaba espacio para nada más.

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Bola monolítica… o paisaje filosófico ! Siempre escabulléndose en el último suspiro, convirtiéndose en humo justo al cerrarse el obturador, ya sólo un recuerdo, como Scarlett Johansson saliendo por la puerta de la lavandería justo cuando le habíamos echado huevos para ir a decirle hola. Como la trucha más grande del río que lo es porque nunca se ha dejado pescar, o como ese polo, punto matemático y convención arbitraria al que realmente nunca podrás llegar o del que siempre pasarás de largo, irónico agujero de Symmes después de todo, que sí pesao. Escapándose de la punta de los dedos, rodando glaciar abajo como un huevo de pingüino cosechado tras un duro viaje de invierno, derechito a despeñarse por los acantilados de Cabo Crozier o de la isla de Santa Elena y tiro porque me toca, todavía deambulando por las calles de arena, como queda patente en esta entrada.

 

Terapia

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Uno tiene poca conciencia encima de una bicicleta. Cuanto mayor es el esfuerzo que hace, menos conciencia tiene. (…) Lo que pasa por la cabeza de un ciclista durante una carrera es una bola monolítica, tan lisa y tan uniforme que ni siquiera se ve cómo gira. La ausencia casi absoluta de protuberancias en la superficie hace que no choque con nada que pueda entrar en el torrente de pensamientos.

El ciclista. Tim Krabbé.

 

No sé si a todo el mundo le pasa, pero también noto esa agradable falta de conciencia en ocasiones cuando estoy por ahí pateando rastrojos mesetarios, primero con la vista y luego con los pinreles, arrastrando cámara trípode y resto de bártulos a la búsqueda de algo que por definición sólo puede existir en mi cabeza.

Esa imagen, esa visualización de una utopía que como la bola monolítica de Krabbé gira sobre sí misma de forma imperceptible, reclama por un momento todo el espacio posible haciendo resbalar sobre su pulida superficie cualquier cosa que no sea ella misma.

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Es, de alguna manera, como ser y no ser al mismo tiempo, como estar sin estar, o quizás por un rato ser más uno mismo que nunca, por una vez liberados de pesos añadidos. Ser consciente de todo lo que te rodea, pero al mismo tiempo sólo en la medida en la que forma parte de esa imagen en tu mente, esperando y haciendo que todo confluya en un único punto.

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Un punto que como el agujero de Symmes y por ende el polo mismo, no es más que una inexistencia material por definición. Un signo convencional, una definición matemática de la que una vez has llegado sólo puedes salir y que sólo existe durante el instante en que permanece abierto el obturador, pues una vez cerrado la idea ya es forma. Forma que nace condenada a ser en sí un desengaño, siempre fluyendo asintóticamente hacia una idea que ya no está allí.

 

Todos los gatos son pardos

O debería decir invisibles, al menos a una exposición de dos minutos a f/8, y eso que se estuvo quietecito un rato en un rincón. Albergué esperanzas de que fuera suficiente, pero no, además no soy yo quien para hacerle llegar con retraso a la pelea de aristogatos que se desarrollaba un poco más allá.

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Doce fotogramas a una media de 2 minutos y medio de exposición para cada uno. Más el tiempo destinado a la búsqueda de sujetos, la preparación de todo el tinglado y el paseo por el pueblo (desierto, terriblemente desierto este año por fiestas, lo cual va bien para hacer fotos que parezcan tomadas a las 2 de la mañana cuando sean poco más de las siete de la tarde, pero que no deja de llenarte de tristeza, esperemos que para fin de año la cosa remonte un poco).

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El año pasado, un poco harto de empachos navideños y tras leer una entrada en el blog de Enrique me tiré escaleras abajo con la Mamiya y el trípode aprovechando la ocasión de la anual hoguera de nochebuena. Así que aunque este año la hoguera no estaba tan fotogénica debido a obras varias que ocupan parte de la plaza, no podía ser menos en lo que espero se vaya convirtiendo en una buena costumbre de salir ahí fuera a dar el cante.

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No sólo porque (cuando funcionan) los resultados de este tipo de fotografía puedan resultar bastante impactantes, sino también porque resulta adictivo ese pequeño placer masoquista de esperar esos dos minutos bajo un frío de la ostia (este año no tanto, todo sea dicho), pensando en tus cosas, en si habrás clavado el foco en su sitio en un visor en el que apenas se ve un carajo, si la exposición a ojímetro saldrá bien, sin más sonidos que el viento, las campanadas cada cuarto de hora, y algún que otro eco lejano desde el bar, sabiendo que de alguna manera estás haciendo lo que debes.

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Y no digamos ya cuando un curioso gato invisible decide divertirse pasándote entre las piernas y el escalofrío te sube por la columna hasta el cogote.

Desde la ventana

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Supongo que no es casual que la que se considera como la primera fotografía de la historia (y muchas, muchas de las que vinieron después) fuese algo tan cotidiano como la vista desde una ventana.

También imagino que la cosa no viene de ahí. Si empezáramos a rastrear seguro que nos topábamos con los grandes de la pintura europea, con las láminas de Hokusai / Hiroshigue (ese gato mirando desde el alféizar…) y si hacemos un regreso al futuro qué decir del cine y su ventana indiscreta. Es algo sorprendentemente simple, pero a la vez tiene el potencial de grabarse en nuestra retina como pocas cosas, quien no le tiene un especial cariño a ese depósito de agua de la terraza de enfrente utilizado hasta la extenuación como ejemplo en el libro de laboratorio fotográfico de Grisart !?

A lo mejor simplemente es algo entre la pereza y la chafardería.

El paisaje habitable

Como bien apuntaba Enrique el otro día, el libro de Barthes (difícil a veces, punzante otras, las que quedan pues algo entre medias) tenía más sorpresas escondidas.

No voy a negarlo. Mi lectura fue diagonal, es una de mis muy malas costumbres, adquirida durante los años que pasé trabajando como ‘The IT guy’, y más adelante como lector exprés de ‘papers’. Una de los cosas que me hizo detenerme fue la que ya comentamos acerca de esa dualidad del stadium y el punctum.

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Otra, que me dejó mejor sensación en el cuerpo, quizá por considerarla más cercana, fue una sección sobre la fotografía del paisaje, a lo que la impulsa en el fotógrafo, y a lo que provoca en el espectador. De nuevo el Sr. Barthes de marras va hablando sobre lo que hace que cierta foto sea interesante para él, y es aquí donde introduce el concepto del paisaje habitable, aquel paisaje (rural, urbano, el que sea) que despierta en el espectador las ganas de, literalmente, habitar en él. Y claramente contrapone esa sensación con la del paisaje visitable, por el que querrías pasar como turista (o viajero); no, de lo que aquí se habla es de pasar a formar parte, por activa y por pasiva, de esa escena que ves ante tus ojos.

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O como escribía bajo la fotografía de un caserón desvencijado en una callejuela adyacente a la Alhambra tomada en mil ochocientos y mucho: literalmente hubiera querido habitar allí, vivir en aquella casa, en aquella época. Declaración de intenciones al pie de la letra o ideal romántico ? No lo llegué a discernir en el texto, pero sabiendo que lo primero era físicamente imposible (excepto para algunos), pues tampoco parecía mala idea lo segundo.

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No sé si como dice Enrique esa misma sensación, o una similar, es la que hace que no podamos evitar pararnos ante los mismos paisajes para retratarlos una y otra vez, anhelando un espacio y un tiempo que no existe más que en nuestra mente y con suerte en el fotograma. Como el anhelado sillón con alas del turista accidental.