About time

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tiempo
nombre masculino
  1. Dimensión física que representa la sucesión de estados por los que pasa la materia.
    “no hay espacio ni tiempo fuera del límite de tu universo; el tiempo transcurre inexorablemente”

El primer recuerdo del que tengo constancia en mi memoria, al menos el que puedo traer de vuelta a voluntad, es de cuando tenía seis años y fui capaz de saltar desde la repisa de la ventana del balcón hasta el suelo del susodicho, y aterrizar de pie sin descalabrarme, se entiende. Un pequeño salto para el mundo, la primigenia prueba de verdad para mí. Seguramente hay otros recuerdos anteriores por ahí perdidos que como la magdalena de Proust a veces casi diría que puedo volver a disfrutar por un instante, pero a decir verdad se diferencian tan poco de un sueño que no me atrevo a sacarlos del cajón del archivador que corresponde a la V de volátil, de vida, de vivencias, verdades, y vacíos, de vacíos perfectos. Porque como en aquella historia de Stephen King, puede que la memoria que de verdad importa sea eso, un viejo archivador de fichas olvidado en el cuarto más viejo y mohoso de la biblioteca, al que sólo vuelves de verdad cuando alguien pone la magdalena correcta bajo tu nariz, el tiempo como manifestación física y perceptible de la impermanencia.

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La caverna

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Había en aquellos años un olor diferente en el aire cuando llovía a última hora de la tarde. Seguirían siendo pequeñas realidades incontestables aunque nadie más te las comprase, como esa primera mañana de septiembre en la ya que sientes algo distinto y sabes que como a todas las gentes del otoño te toca empezar a despertar de la animación suspendida del verano. Los mitos nos previenen, y si alguna vez lograses escapar de la caverna, tu suerte sería también tu maldición, pues por mucho que te esforzases en explicar a los pobres diablos de dentro lo que has visto, decidirían quedarse en el interior y seguir rascando la cabeza del dragón, y tú saldrías de allí como un Tarsos de pacotilla al que mandarían de vuelta por donde había venido. La cuestión es que durante esos pocos segundos en los que el olor de la la leña quemando en la estufa a lo lejos te transporta allí donde tú sabes, jurarías que tienes todo lo que necesitas, y que has entendido como funciona lo que hace girar el mundo.

La forma del tiempo

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Tal vez como decía Bradbury el tiempo se parece a la nieve que cae calladamente en una habitación negra. No lo sé. Hace ya unos años, tras unas cuantas excursiones por el monte con mi tío (que aún con 75 años me dejaba atrás subiendo las cuestas campo a través como si no le pesaran los años ni el ánimo), durante un par de veranos le cogí el gusto a calzarme las Chiruca, colgarme la cámara y salir cada mañana a explorar sin rumbo para ver lo que salía a mí encuentro, disfrutando del olor del tomillo seco al caminar a través de un paisaje siempre humilde y asequible, o subiendo a lo alto de los riscos y los collados para ver lo que parecía el mundo desde ahí arriba y luego buscarme una vía de retorno que me dejase en casa a la hora de comer. Revisando otras fotos de aquellos días, las botas aún parecían nuevas y en la barba costaba encontrar alguna cana. Exploración a pequeña escala en el patio trasero de tu casa, y en el patio trasero de tu memoria. Muchas veces no se necesita más, y por eso aquellos días vuelven a tu cabeza sin esfuerzo, como aquella primera vez que probaste una tortilla de collejas.

La Sirena

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Está ahí, la has sentido antes siquiera de haberla imaginado y has caminado hacia allí con la certeza de que te estaría esperando la oscuridad que surgía de la roca misma, que susurraba tu nombre una y otra vez desde lo más alto para que te olvidaras de todos y de todo excepto de subir a jugar con ella un rato o un día entero, si te preguntasen no sabrías decirlo, y agradeces no haber subido solo para que, al menos en esa ocasión, alguien más se acordase de tu nombre para reclamarte desde el mundo de los vivos.

El accidente

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Al igual que una nueva herramienta, el azar es a veces un corriente de aire que levanta las cortinas que cubren la entrada a caminos inesperados. Caminos que en muchos casos acaban en una tapia que no deja otra opción que volverse por donde se ha venido, pero que de vez en cuando te dan acceso a un nuevo campo de juego. Veremos.

Formas de ver (*)

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Nos costó lo nuestro, mucho más de lo que debería, pero por fin, la otra tarde pudimos encontrar un rato sin prisas para hablar. Del trabajo, de la vida, del arte, de bicis, y cómo no, de sus alegrías y penas asociadas.

Le comentaba a Enrique en un momento dado que no tenía yo muy claro que tal me las iba a apañar con el ojo pegado a un visor y mirando a través de un rectángulo (vertical, para más inri) en el formato 6×4.5 de la Fuji, tras tantos años trabajando con las Mamiya de 6×6 y su visor de cintura.

Algo más de un año después, sigo sin creer en las balas de plata, pero reconozco que no sólo me he enamorado de la funcionalidad de esta cámara en el uso diario y de cómo cae en la mano y en el ojo como si siempre hubiese estado ahí, sino que de propina le estoy muy agradecido por haberme regalado la obligación de desarrollar otra forma de ver. No sé si eso me llevará a alguna parte, pero por lo menos lo diferente me ha devuelto ciertas ganas de hacer algo.

(*) https://en.wikipedia.org/wiki/Ways_of_Seeing

Lo que fluye

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No recordaba el año con exactitud, porque a la memoria le pasa con la rutina lo que a la Polimerasa con los nucleótidos repetidos, empieza a perder la cuenta del cuánto y del cuando. Fue en el 2013 cuando la mítica librería Canuda de Barcelona echó el cierre definitivo tras sucumbir (cómo no) a la imparable burbuja de los alquileres, que por entonces aún era noticia y ahora algunos ya consideran un signo natural del progreso. Por el camino se llevó todos aquellos estantes de libros usados que esperaban a alguien que airease un poco sus páginas, y a cambio obtuvimos la enésima instancia de la cadena de ropa de turno.

Ironías del destino, varios años después, concretamente ayer, me enteré de que tras el cierre algunos antiguos trabajadores y clientes se habían unido en un proyecto conjunto para abrir una nueva librería con el nombre, espíritu y parte de los fondos de su predecesora. Lo irónico es que lo primero que leí al respecto es que la historia se repetía, y de nuevo una subida del alquiler les obliga a trasladar su sede.

Habrá que espabilar y pasarse a visitar la segunda resurrección del Ave Fénix, a ver si por casualidad conservan aún algunos de aquellos libros amarillos que editó Juventud antes de que la próxima burbuja los mande más allá del Besós o ya directamente corriente abajo, flotando boca arriba y sin posibilidad alguna de remontada, fluyendo hacia esa sopa de guisantes en la que Eduard Admetlla batió el récord del mundo de inmersión con aire comprimido tras conseguir bajar hasta los 100 metros en 1957. Y subir, claro.

La promesa

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La autovía A-2 entre Zaragoza y Calatayud atraviesa cinco puertos de montaña: La Muela, La Perdiz, Morata, El Frasno y el Cavero. Cuando haces el viaje en los meses de invierno y en el horario habitual, empezar a subir La Muela es recibir de lleno el saludo de un sol bajo e implacable al que no hay parasol que se le resista. La molestia pronto deja paso a una sensación agradable, como la de reencontrarte con un familiar al que hacía tiempo que no veías.

Y esa sensación te acompaña desde entonces en cada uno de los puertos que te quedan por delante, en ocasiones cegándote más de lo que te gustaría pero dejando a cambio en el retrovisor la gloriosa aparición de tres carriles dorados. Luego verás al sol hacer resaltar los infinitos relieves de las colinas entre las que se abren paso los viaductos cuando pasada La Umbría aprovechas el reprís para subir La Perdiz con algo de alegría. Casi sin darte cuenta, serás recibido a tu derecha por el resplandor metálico de la cementera de Morata, y una vez alcances la cima de la siguiente subida, te saludará el brillo de los almendros de El Frasno mientras intentas mantener el coche en una curva de peralte imposible. En una buena tarde, además, tendrás la autovía para tí sólo, y los continuos toboganes y vaivenes te irán meciendo entre el calor del sol y el murmullo de un motor que parece alegrarse cada vez más de volver a casa. Antes de que te des cuenta, el toro del Cavero te estará esperando para darte oficialmente la bienvenida, y ya sólo deberás decidir si repostar allí o un poco más adelante.

 

Escape

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Sí, como la omnipresente tecla de arriba a la izquierda, o como lo que intentaba hacer Kurt Russell alias Snake Plissken en aquella fantástica peli ochentera ambientada en un Nueva-Nueva-York en la era de la Pos-Pos-Verdad. A veces hay que tomar un tren, un avión, un barco un coche o un patinete (o una bici), y escapar de los aires viciados de rutina, factor humano y cama caliente. Abrir los ventanos y dejar que entre la neblina en la cual otros chapotean tan alegremente ajenos a los visitantes chafarderos y a sus artefactos fotográficos.

No habrá nueces este año

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Una sola noche. No hizo falta más. Una sola noche en la que dicen algunos que se alcanzaron casi los 10 bajo cero y las nogueras, que ya verdeaban hacía tiempo, ennegrecieron de una punta a otra del valle. Caerán las hojas amarillas estos días (con suerte veré aún alguna cuando pueda volver a pasar por allí), y seguirán aún en su sitio  algunos colgajos negros como recordatorios de quien es el que manda. Pasan los días y las cosas de los hombres se elevan en castillos gigantescos que parecen ir a enterrar a los mortales en su caída, sólo para volver a ser levantados una vez más al día siguiente prometiendo llegar esta vez más alto, pero no habrá nueces este año.