Escape

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Sí, como la omnipresente tecla de arriba a la izquierda, o como lo que intentaba hacer Kurt Russell alias Snake Plissken en aquella fantástica peli ochentera ambientada en un Nueva-Nueva-York en la era de la Pos-Pos-Verdad. A veces hay que tomar un tren, un avión, un barco un coche o un patinete (o una bici), y escapar de los aires viciados de rutina, factor humano y cama caliente. Abrir los ventanos y dejar que entre la neblina en la cual otros chapotean tan alegremente ajenos a los visitantes chafarderos y a sus artefactos fotográficos.

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No habrá nueces este año

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Una sola noche. No hizo falta más. Una sola noche en la que dicen algunos que se alcanzaron casi los 10 bajo cero y las nogueras, que ya verdeaban hacía tiempo, ennegrecieron de una punta a otra del valle. Caerán las hojas amarillas estos días (con suerte veré aún alguna cuando pueda volver a pasar por allí), y seguirán aún en su sitio  algunos colgajos negros como recordatorios de quien es el que manda. Pasan los días y las cosas de los hombres se elevan en castillos gigantescos que parecen ir a enterrar a los mortales en su caída, sólo para volver a ser levantados una vez más al día siguiente prometiendo llegar esta vez más alto, pero no habrá nueces este año.

Beneficio neto

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Charlas sobre tiourea y sus efectos compartiendo una sidra, un sombrero de fieltro y una caña japonesa, tres Paulaner y un cachopo de setas por venir o unos kilómetros de autovía aprendiendo algo sobre hornos de aluminio. Una buena dosis de metal bajo una luz roja, una esterilla de yoga en un hayedo invernal. Una camisa de flores y un puñado de poetas trastornados. Un abrigo rojo, una bici plegable y un crucifijo de pulpo. Una geografía extensa, una red sociable y un café mañanero bien cargado. Un cortado y un recordatorio de que no es lo mismo la pereza que el abandono. Y por supuesto un colorido gorro de lana.

Será que me hago viejo.

Sin adornos

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Supongo que pasa con ciertos objetos, el diseño y la forma quedan al servicio absoluto de la función y una aparente simplicidad total se convierte en una atracción inevitable. Me ha venido a la cabeza hace un rato ese libro Taschen sobre la Bauhaus que tienen en la cafetería nueva, y especialmente aquellas teteras que tanto me gustaron y que usaban como ejemplo de alguna idea parecida.

Cuatro lados

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Es una suerte que, después de todo, un cuadrado no sea más que un caso particular de rectángulo. Decía Peter Parker en una viñeta mientras atizaba a algún caco noctámbulo que según su abuela un cambio era tan bueno como un descanso, posiblemente a cuento de algún reciente cambio de traje de trepamuros. El cambio de formato ha sido de momento refrescante y liberador de por sí, y el rollo de Portra 220 sigue en la nevera esperando el día en que le toque baño, así que a ver si un poco de color acaba de rizar el rizo y de paso me saca de la negligencia en la que cierta saturación de contenidos me ha venido sumiendo últimamente.

En caliente

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Y no tiene nada que ver con los treinta y cuarenta y tantos grados, o con el setenta y mucho por ciento de humedad.

Más bien con esas ideas que llaman a la puerta a veces en el bus de camino al trabajo, cuando como por arte de magia uno cree que caen del cielo las múltiples piezas necesarias de un tetris que da para completar una línea triple o cuádruple, explotando en una orgía de bonus y cerrando las costuras de un hilo espacio temporal con lo que se antoja el broche perfecto para un círculo que comenzó unos cuantos años atrás.

Luego llega el verano-verano, los calores y bochornos que abren este escrito, la pereza propia y el contagio de la pereza ajena, y cuando uno vuelve a mirar los apuntes de la moleskine el círculo perfecto y su broche mirados con más detalle empiez a parecer una pulsera de bob esponja.

Así que (Luis dixit), esperemos que el yo de antes del verano supiera dejar un mensaje en condiciones al del otoño, aunque no me extrañaría que al igual que aquel viajero espacial al final el arreglo del timón corra de la cuenta de quien uno menos se lo esperaría.

 

El pozo poético

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Como quien cumple con el par de kilómetros que faltan dando vueltas al rotontódromo, se circula por caminos trillados sin acabar de decicirse por ninguno, ni de tomar ninguna salida, puteando al GPS y haciéndole recalcular el corso hasta que la muchacha pierda la paciencia y se vaya de parranda al salpicadero de algún camionero cañí. Y ahí al final en el centro afilado, el salto al vacío de la indecisión, aunque como ya sabemos, mejor saltar uno que no ser empujado.

El camino

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Al final del asunto, en los inabarcables bosques que nos salen al encuentro uno tiene cierto control sobre qué camino escoger, pero mucho menos sobre a dónde le va a llevar. Sin embargo,  con el tiempo uno sí es capaz de llegar a saber si se ha disfrutado del paseo, y si lo que se ha encontrado por ahí ha hecho que valiera la pena desgastar la suela de los zapatos para, en caso afirmativo, no dudar en llevarlas a recauchutar y volver a lanzarse a la aventura.