Lo que fluye

...

No recordaba el año con exactitud, porque a la memoria le pasa con la rutina lo que a la Polimerasa con los nucleótidos repetidos, empieza a perder la cuenta del cuánto y del cuando. Fue en el 2013 cuando la mítica librería Canuda de Barcelona echó el cierre definitivo tras sucumbir (cómo no) a la imparable burbuja de los alquileres, que por entonces aún era noticia y ahora algunos ya consideran un signo natural del progreso. Por el camino se llevó todos aquellos estantes de libros usados que esperaban a alguien que airease un poco sus páginas, y a cambio obtuvimos la enésima instancia de la cadena de ropa de turno.

Ironías del destino, varios años después, concretamente ayer, me enteré de que tras el cierre algunos antiguos trabajadores y clientes se habían unido en un proyecto conjunto para abrir una nueva librería con el nombre, espíritu y parte de los fondos de su predecesora. Lo irónico es que lo primero que leí al respecto es que la historia se repetía, y de nuevo una subida del alquiler les obliga a trasladar su sede.

Habrá que espabilar y pasarse a visitar la segunda resurrección del Ave Fénix, a ver si por casualidad conservan aún algunos de aquellos libros amarillos que editó Juventud antes de que la próxima burbuja los mande más allá del Besós o ya directamente corriente abajo, flotando boca arriba y sin posibilidad alguna de remontada, fluyendo hacia esa sopa de guisantes en la que Eduard Admetlla batió el récord del mundo de inmersión con aire comprimido tras conseguir bajar hasta los 100 metros en 1957. Y subir, claro.

Advertisements

La promesa

0010672

La autovía A-2 entre Zaragoza y Calatayud atraviesa cinco puertos de montaña: La Muela, La Perdiz, Morata, El Frasno y el Cavero. Cuando haces el viaje en los meses de invierno y en el horario habitual, empezar a subir La Muela es recibir de lleno el saludo de un sol bajo e implacable al que no hay parasol que se le resista. La molestia pronto deja paso a una sensación agradable, como la de reencontrarte con un familiar al que hacía tiempo que no veías.

Y esa sensación te acompaña desde entonces en cada uno de los puertos que te quedan por delante, en ocasiones cegándote más de lo que te gustaría pero dejando a cambio en el retrovisor la gloriosa aparición de tres carriles dorados. Luego verás al sol hacer resaltar los infinitos relieves de las colinas entre las que se abren paso los viaductos cuando pasada La Umbría aprovechas el reprís para subir La Perdiz con algo de alegría. Casi sin darte cuenta, serás recibido a tu derecha por el resplandor metálico de la cementera de Morata, y una vez alcances la cima de la siguiente subida, te saludará el brillo de los almendros de El Frasno mientras intentas mantener el coche en una curva de peralte imposible. En una buena tarde, además, tendrás la autovía para tí sólo, y los continuos toboganes y vaivenes te irán meciendo entre el calor del sol y el murmullo de un motor que parece alegrarse cada vez más de volver a casa. Antes de que te des cuenta, el toro del Cavero te estará esperando para darte oficialmente la bienvenida, y ya sólo deberás decidir si repostar allí o un poco más adelante.

 

Escape

Dresden-2011-005 copy2

Sí, como la omnipresente tecla de arriba a la izquierda, o como lo que intentaba hacer Kurt Russell alias Snake Plissken en aquella fantástica peli ochentera ambientada en un Nueva-Nueva-York en la era de la Pos-Pos-Verdad. A veces hay que tomar un tren, un avión, un barco un coche o un patinete (o una bici), y escapar de los aires viciados de rutina, factor humano y cama caliente. Abrir los ventanos y dejar que entre la neblina en la cual otros chapotean tan alegremente ajenos a los visitantes chafarderos y a sus artefactos fotográficos.

No habrá nueces este año

26318253066_0d333df87d_o (1)

Una sola noche. No hizo falta más. Una sola noche en la que dicen algunos que se alcanzaron casi los 10 bajo cero y las nogueras, que ya verdeaban hacía tiempo, ennegrecieron de una punta a otra del valle. Caerán las hojas amarillas estos días (con suerte veré aún alguna cuando pueda volver a pasar por allí), y seguirán aún en su sitio  algunos colgajos negros como recordatorios de quien es el que manda. Pasan los días y las cosas de los hombres se elevan en castillos gigantescos que parecen ir a enterrar a los mortales en su caída, sólo para volver a ser levantados una vez más al día siguiente prometiendo llegar esta vez más alto, pero no habrá nueces este año.

Beneficio neto

...

Charlas sobre tiourea y sus efectos compartiendo una sidra, un sombrero de fieltro y una caña japonesa, tres Paulaner y un cachopo de setas por venir o unos kilómetros de autovía aprendiendo algo sobre hornos de aluminio. Una buena dosis de metal bajo una luz roja, una esterilla de yoga en un hayedo invernal. Una camisa de flores y un puñado de poetas trastornados. Un abrigo rojo, una bici plegable y un crucifijo de pulpo. Una geografía extensa, una red sociable y un café mañanero bien cargado. Un cortado y un recordatorio de que no es lo mismo la pereza que el abandono. Y por supuesto un colorido gorro de lana.

Será que me hago viejo.

Sin adornos

IMG_20160823_202213.jpg

Supongo que pasa con ciertos objetos, el diseño y la forma quedan al servicio absoluto de la función y una aparente simplicidad total se convierte en una atracción inevitable. Me ha venido a la cabeza hace un rato ese libro Taschen sobre la Bauhaus que tienen en la cafetería nueva, y especialmente aquellas teteras que tanto me gustaron y que usaban como ejemplo de alguna idea parecida.

Cuatro lados

...

Es una suerte que, después de todo, un cuadrado no sea más que un caso particular de rectángulo. Decía Peter Parker en una viñeta mientras atizaba a algún caco noctámbulo que según su abuela un cambio era tan bueno como un descanso, posiblemente a cuento de algún reciente cambio de traje de trepamuros. El cambio de formato ha sido de momento refrescante y liberador de por sí, y el rollo de Portra 220 sigue en la nevera esperando el día en que le toque baño, así que a ver si un poco de color acaba de rizar el rizo y de paso me saca de la negligencia en la que cierta saturación de contenidos me ha venido sumiendo últimamente.

En caliente

...

Y no tiene nada que ver con los treinta y cuarenta y tantos grados, o con el setenta y mucho por ciento de humedad.

Más bien con esas ideas que llaman a la puerta a veces en el bus de camino al trabajo, cuando como por arte de magia uno cree que caen del cielo las múltiples piezas necesarias de un tetris que da para completar una línea triple o cuádruple, explotando en una orgía de bonus y cerrando las costuras de un hilo espacio temporal con lo que se antoja el broche perfecto para un círculo que comenzó unos cuantos años atrás.

Luego llega el verano-verano, los calores y bochornos que abren este escrito, la pereza propia y el contagio de la pereza ajena, y cuando uno vuelve a mirar los apuntes de la moleskine el círculo perfecto y su broche mirados con más detalle empiez a parecer una pulsera de bob esponja.

Así que (Luis dixit), esperemos que el yo de antes del verano supiera dejar un mensaje en condiciones al del otoño, aunque no me extrañaría que al igual que aquel viajero espacial al final el arreglo del timón corra de la cuenta de quien uno menos se lo esperaría.

 

El pozo poético

...

Como quien cumple con el par de kilómetros que faltan dando vueltas al rotontódromo, se circula por caminos trillados sin acabar de decicirse por ninguno, ni de tomar ninguna salida, puteando al GPS y haciéndole recalcular el corso hasta que la muchacha pierda la paciencia y se vaya de parranda al salpicadero de algún camionero cañí. Y ahí al final en el centro afilado, el salto al vacío de la indecisión, aunque como ya sabemos, mejor saltar uno que no ser empujado.