Maëlstrom

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Tras haber reculado hasta el fondo de la cueva a lamerse las heridas de la picadora de carne humana del tienes que, uno le acaba cogiendo cierto cariño a la oscuridad familiar y a la calma tranquila de ahí abajo, como una especie de Shelob en sus horas más bajas, absorto en el amaro far niente de contemplar las pequeñas deidades que le devuelven a uno una mirada vacía desde sus huecos en la pared, iluminadas por la ténue llama de Vesta. Pero en algún momento hay que salir a buscar algo para alimentar el fuego, porque la cuerda del autómata da para poco más que para una animación sostenida alrededor del vórtice del sumidero.

 

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The times are never so bad

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Supongo que no, que como decía Thomas More los tiempos nunca son tan malos, pero el mundo sigue sin incluir un botón para solicitar parada y sentarse un rato en algún sitio agradable a esperar que pase el siguiente o el otro, o simplemente porque uno se ha hartado y prefiere ir caminando a la siguiente parada, a hacer tiempo hasta que la hora punta sea ya un mal recuerdo y el viaje a donde quiera que sea resulte algo más apacible. Mientras tanto, uno pasea lo que puede, como un Thoureau de pacotilla o un Charles Halloway sin terminar, no hallando en el camino ni la paz ni el invierno ni mucho menos aquella belleza que cosechaba Saúl Leiter, extinta ya hace mucho en los ojos del que mira.

En su lugar, uno va alargando cada vez más el trayecto por calles adyacentes por las que huir de una muchedumbre hecha enjambre y dispuesta a pasar por encima de lo que sea necesario, como si todos los arquetipos de aquellos cuarentamil negativos de August Sander hubiesen visto por fin la luz al final del túnel bajo las ruinas de aquella casa en Colonia y uno se hallase  interpuesto entre ellos y el espejo que les espera en algún sitio, deseoso de librarse por fin del velo y devolver el reflejo de algo vivo. Mientras tanto, otros fotogramas se seguirán apilando uno tras otro en los cajones del archivador del tiempo, esperando su turno, porque de la nada nada nace.

 

Vacío perfecto *

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Recuerdo haber llegado a una hora extraña en la que nadie me esperaba, posiblemente en uno de esos raros días en los que salí cuando aquí aún era de noche, haber dejado el coche en el manzano, y subir como mucho con una mochila a la espalda por la rampa del callejón grande que tiene menos aún de lo primero que de lo segundo. No debía estar el verano muy lejos en el antes o en el después, porque también recuerdo la sorpresa de encontrarme en la solitaria puerta de atrás con unos geranios azotados por un airazo de poniente frío y desapacible, y sólo las cosas fuera de sitio son capaces de impregnar la memoria de esa manera. Aunque lo mismo ocurre cuando uno está equivocado y la realidad se encarga de que no olvides que los elementos no entienden de misericordia, y de que al igual que le ocurrirá al Sol en su último día, todas las cosas del mundo volverán al lugar de donde vinieron. Quizá ya había llegado el frío, después de todo.

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In search of beauty

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No se necesita mucha explicación. De hecho no hace falta ninguna. La búsqueda de la belleza es algo que se justifica por sí mismo, y la visita de hoy parecía hecha a medida para recordar eso y también algo de lo mucho que hablamos el otro día. Léase que para qué. Léase que para quién. Pues léase que para mí. Lo necesario y lo suficiente, lo justo para hacer que el corcho vuelva a flotar hasta la superficie desde las profundidades de su homenaje de nostalgia (gracias Enrique), o que el escocés volador vuelva a hacer girar las ruedas de Old Faithful en busca de un nuevo récord del mundo.

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Sí, me temo que a veces tendemos a ser parcos en palabras, parece que nos las tuvieran que sacar del fondo del pozo con un dedal. A donde voy es a lo que ya habíamos comentado más de una vez, a que tampoco es raro que un día decidamos que estamos más a gusto dando un paseo por el lugar de todos los miedos buscando la madera en que se harán realidad nuestras visiones, o quedándonos sin fuelle subiendo puertos de cuarta y luego intentando no descalabrarnos bajando la muralla china de Campillo, o dejando de sentir los pies tras dos horas en el río intentando colocar la mosca adecuada delante de las narices de la trucha más curiosa. Y luego, volver a casa y contemplar la belleza que un día tuvimos ante nuestros ojos y fuimos lo bastante afortunados como para poder llevar de regreso bajo el brazo y colgar en la pared junto a otras cosas bellas. Porque las cosas bellas gustan de estar unas junto a otras, de jugar al cuatro en raya con nuestra memoria y también de asegurarse de seguir llamando nuestra atención cuando realmente importa, como el canto lejano de las grullas, para que no nos olvidemos de pararnos a admirarlas en un alto del camino y, con suerte, a tener el valor de pedirles que nos acompañen de vuelta.

 

La caverna

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Había en aquellos años un olor diferente en el aire cuando llovía a última hora de la tarde. Seguirían siendo pequeñas realidades incontestables aunque nadie más te las comprase, como esa primera mañana de septiembre en la ya que sientes algo distinto y sabes que como a todas las gentes del otoño te toca empezar a despertar de la animación suspendida del verano. Los mitos nos previenen, y si alguna vez lograses escapar de la caverna, tu suerte sería también tu maldición, pues por mucho que te esforzases en explicar a los pobres diablos de dentro lo que has visto, decidirían quedarse en el interior y seguir rascando la cabeza del dragón, y tú saldrías de allí como un Tarsos de pacotilla al que mandarían de vuelta por donde había venido. La cuestión es que durante esos pocos segundos en los que el olor de la la leña quemando en la estufa a lo lejos te transporta allí donde tú sabes, jurarías que tienes todo lo que necesitas, y que has entendido como funciona lo que hace girar el mundo.

El accidente

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Al igual que una nueva herramienta, el azar es a veces un corriente de aire que levanta las cortinas que cubren la entrada a caminos inesperados. Caminos que en muchos casos acaban en una tapia que no deja otra opción que volverse por donde se ha venido, pero que de vez en cuando te dan acceso a un nuevo campo de juego. Veremos.

Formas de ver (*)

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Nos costó lo nuestro, mucho más de lo que debería, pero por fin, la otra tarde pudimos encontrar un rato sin prisas para hablar. Del trabajo, de la vida, del arte, de bicis, y cómo no, de sus alegrías y penas asociadas.

Le comentaba a Enrique en un momento dado que no tenía yo muy claro que tal me las iba a apañar con el ojo pegado a un visor y mirando a través de un rectángulo (vertical, para más inri) en el formato 6×4.5 de la Fuji, tras tantos años trabajando con las Mamiya de 6×6 y su visor de cintura.

Algo más de un año después, sigo sin creer en las balas de plata, pero reconozco que no sólo me he enamorado de la funcionalidad de esta cámara en el uso diario y de cómo cae en la mano y en el ojo como si siempre hubiese estado ahí, sino que de propina le estoy muy agradecido por haberme regalado la obligación de desarrollar otra forma de ver. No sé si eso me llevará a alguna parte, pero por lo menos lo diferente me ha devuelto ciertas ganas de hacer algo.

(*) https://en.wikipedia.org/wiki/Ways_of_Seeing

La promesa

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La autovía A-2 entre Zaragoza y Calatayud atraviesa cinco puertos de montaña: La Muela, La Perdiz, Morata, El Frasno y el Cavero. Cuando haces el viaje en los meses de invierno y en el horario habitual, empezar a subir La Muela es recibir de lleno el saludo de un sol bajo e implacable al que no hay parasol que se le resista. La molestia pronto deja paso a una sensación agradable, como la de reencontrarte con un familiar al que hacía tiempo que no veías.

Y esa sensación te acompaña desde entonces en cada uno de los puertos que te quedan por delante, en ocasiones cegándote más de lo que te gustaría pero dejando a cambio en el retrovisor la gloriosa aparición de tres carriles dorados. Luego verás al sol hacer resaltar los infinitos relieves de las colinas entre las que se abren paso los viaductos cuando pasada La Umbría aprovechas el reprís para subir La Perdiz con algo de alegría. Casi sin darte cuenta, serás recibido a tu derecha por el resplandor metálico de la cementera de Morata, y una vez alcances la cima de la siguiente subida, te saludará el brillo de los almendros de El Frasno mientras intentas mantener el coche en una curva de peralte imposible. En una buena tarde, además, tendrás la autovía para tí sólo, y los continuos toboganes y vaivenes te irán meciendo entre el calor del sol y el murmullo de un motor que parece alegrarse cada vez más de volver a casa. Antes de que te des cuenta, el toro del Cavero te estará esperando para darte oficialmente la bienvenida, y ya sólo deberás decidir si repostar allí o un poco más adelante.

 

Escape

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Sí, como la omnipresente tecla de arriba a la izquierda, o como lo que intentaba hacer Kurt Russell alias Snake Plissken en aquella fantástica peli ochentera ambientada en un Nueva-Nueva-York en la era de la Pos-Pos-Verdad. A veces hay que tomar un tren, un avión, un barco un coche o un patinete (o una bici), y escapar de los aires viciados de rutina, factor humano y cama caliente. Abrir los ventanos y dejar que entre la neblina en la cual otros chapotean tan alegremente ajenos a los visitantes chafarderos y a sus artefactos fotográficos.