La Sirena

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Está ahí, la has sentido antes siquiera de haberla imaginado y has caminado hacia allí con la certeza de que te estaría esperando la oscuridad que surgía de la roca misma, que susurraba tu nombre una y otra vez desde lo más alto para que te olvidaras de todos y de todo excepto de subir a jugar con ella un rato o un día entero, si te preguntasen no sabrías decirlo, y agradeces no haber subido solo para que, al menos en esa ocasión, alguien más se acordase de tu nombre para reclamarte desde el mundo de los vivos.

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No habrá nueces este año

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Una sola noche. No hizo falta más. Una sola noche en la que dicen algunos que se alcanzaron casi los 10 bajo cero y las nogueras, que ya verdeaban hacía tiempo, ennegrecieron de una punta a otra del valle. Caerán las hojas amarillas estos días (con suerte veré aún alguna cuando pueda volver a pasar por allí), y seguirán aún en su sitio  algunos colgajos negros como recordatorios de quien es el que manda. Pasan los días y las cosas de los hombres se elevan en castillos gigantescos que parecen ir a enterrar a los mortales en su caída, sólo para volver a ser levantados una vez más al día siguiente prometiendo llegar esta vez más alto, pero no habrá nueces este año.

Cuatro lados

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Es una suerte que, después de todo, un cuadrado no sea más que un caso particular de rectángulo. Decía Peter Parker en una viñeta mientras atizaba a algún caco noctámbulo que según su abuela un cambio era tan bueno como un descanso, posiblemente a cuento de algún reciente cambio de traje de trepamuros. El cambio de formato ha sido de momento refrescante y liberador de por sí, y el rollo de Portra 220 sigue en la nevera esperando el día en que le toque baño, así que a ver si un poco de color acaba de rizar el rizo y de paso me saca de la negligencia en la que cierta saturación de contenidos me ha venido sumiendo últimamente.

Barthes, Baudeleire, el viaje de invierno y las calles de arena

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Por aquí han aparecido no hace mucho Roland Barthes, el lugar plácido, las ruinas y el eco de cantos de sirena, Baudeleire y la memoria. Memoria que, también lo hemos dicho alguna vez, parece que encontramos cierto gustillo masoquista en estimular, cosa que nos impulsa a volver machaconamente sobre lo mismo una y otra vez.

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Pero he aquí que uno es aún lo bastante inocente como para empezar a sospechar que la historia invariablemente también se repite y que la casualidad no existe cuando es de nuevo nuestro protagonista, sí, el mismísimo Barthes, quien cual vulgar doppelgänger, se nos aparece otra vez pluriempleándose y hablándonos ahora sobre el fetiche Arumbaya que lleva de cabeza a Tintín en la Oreja Rota, obsequiándonos luego de propina con un ensayo sobre la iconografía religiosa y su relación directa con el nacimiento del arte y, ah, claro está, de la fotografía.

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Dos, pase. Pero ah! Es que luego, en un requiebro magistral, es él otra vez quien sale de debajo del asiento del autobús para ponerse a rueda de Jean Bobet en el pavé de la París Roubaix con Baudeleire de gregario ! París Roubaix de la que unos días antes nos hablaba un tal Krabbé, sin resuello, mientras se dejaba el alma camino de los cañones del Tarn durante el Tour de Mont Aigoual y mascullaba algo acerca de no se qué bola monolítica girando en su cabeza en la que, no me extraña, parece que no quedaba espacio para nada más.

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Bola monolítica… o paisaje filosófico ! Siempre escabulléndose en el último suspiro, convirtiéndose en humo justo al cerrarse el obturador, ya sólo un recuerdo, como Scarlett Johansson saliendo por la puerta de la lavandería justo cuando le habíamos echado huevos para ir a decirle hola. Como la trucha más grande del río que lo es porque nunca se ha dejado pescar, o como ese polo, punto matemático y convención arbitraria al que realmente nunca podrás llegar o del que siempre pasarás de largo, irónico agujero de Symmes después de todo, que sí pesao. Escapándose de la punta de los dedos, rodando glaciar abajo como un huevo de pingüino cosechado tras un duro viaje de invierno, derechito a despeñarse por los acantilados de Cabo Crozier o de la isla de Santa Elena y tiro porque me toca, todavía deambulando por las calles de arena, como queda patente en esta entrada.

 

Terapia

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Uno tiene poca conciencia encima de una bicicleta. Cuanto mayor es el esfuerzo que hace, menos conciencia tiene. (…) Lo que pasa por la cabeza de un ciclista durante una carrera es una bola monolítica, tan lisa y tan uniforme que ni siquiera se ve cómo gira. La ausencia casi absoluta de protuberancias en la superficie hace que no choque con nada que pueda entrar en el torrente de pensamientos.

El ciclista. Tim Krabbé.

 

No sé si a todo el mundo le pasa, pero también noto esa agradable falta de conciencia en ocasiones cuando estoy por ahí pateando rastrojos mesetarios, primero con la vista y luego con los pinreles, arrastrando cámara trípode y resto de bártulos a la búsqueda de algo que por definición sólo puede existir en mi cabeza.

Esa imagen, esa visualización de una utopía que como la bola monolítica de Krabbé gira sobre sí misma de forma imperceptible, reclama por un momento todo el espacio posible haciendo resbalar sobre su pulida superficie cualquier cosa que no sea ella misma.

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Es, de alguna manera, como ser y no ser al mismo tiempo, como estar sin estar, o quizás por un rato ser más uno mismo que nunca, por una vez liberados de pesos añadidos. Ser consciente de todo lo que te rodea, pero al mismo tiempo sólo en la medida en la que forma parte de esa imagen en tu mente, esperando y haciendo que todo confluya en un único punto.

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Un punto que como el agujero de Symmes y por ende el polo mismo, no es más que una inexistencia material por definición. Un signo convencional, una definición matemática de la que una vez has llegado sólo puedes salir y que sólo existe durante el instante en que permanece abierto el obturador, pues una vez cerrado la idea ya es forma. Forma que nace condenada a ser en sí un desengaño, siempre fluyendo asintóticamente hacia una idea que ya no está allí.

 

The added weight

Guadalajara, 2010

Perception of ‘lived’ reality and perception of artistic form, as I have said before, are essentially incompatible because they call for a different adjustment of our perceptive apparatus.

José Ortega y Gasset, The Dehumanization of Art (Princeton: Princeton University Press, 1972), p. 25. *

Then perhaps, the only thing you carry with you to the other side of the mirror, is your past. An omnipresent added weight that shapes how you live on one side and how you see in the other.

* Seen on http://sensesofcinema.com/2009/feature-articles/tarkovsky-ortega-y-gasset/

Subject of interest

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Citroën 2CV van (Guadalajara)

Not long ago I was commenting on how much the ginourmous amount of personal vehicles (that is to say, cars) being present almost everywhere sometimes made it a right pain in the ass to try to obtain a clean composition without one of them showing their metal face, or butt, or both in the frame.

That said, in some other occasions, it’s not actually that they even help, but manage to become the picture itself.

So, to you all, thanks.

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Unknown van model (Guadalajara)

Mercedes abandonado. Judes, Soria, 2008

Mercedes 250SL (Soria)

---Ford Fiesta (Guadalajara)

VW Beetle, Puerto Naos, La Palma, Canary Islands

VW Beetle (Puerto Naos, La Palma)

Kreuzberg, Berlin. October 2011

 

Lincoln Continental (Berlin, Germany)

Kreuzberg, Berlin. October 2011

Citroën 2CV (Berlin, Germany)

Berlin. October 2011

Trabi (Berlin, Germany).

Do you know how much I paid for that rim?

 

Unknown Jaguar model (Barcelona, Spain)

Italy gets ready for general elections, April 2006

Fiat Panda (Rome, Italy)