About time

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tiempo
nombre masculino
  1. Dimensión física que representa la sucesión de estados por los que pasa la materia.
    “no hay espacio ni tiempo fuera del límite de tu universo; el tiempo transcurre inexorablemente”

El primer recuerdo del que tengo constancia en mi memoria, al menos el que puedo traer de vuelta a voluntad, es de cuando tenía seis años y fui capaz de saltar desde la repisa de la ventana del balcón hasta el suelo del susodicho, y aterrizar de pie sin descalabrarme, se entiende. Un pequeño salto para el mundo, la primigenia prueba de verdad para mí. Seguramente hay otros recuerdos anteriores por ahí perdidos que como la magdalena de Proust a veces casi diría que puedo volver a disfrutar por un instante, pero a decir verdad se diferencian tan poco de un sueño que no me atrevo a sacarlos del cajón del archivador que corresponde a la V de volátil, de vida, de vivencias, verdades, y vacíos, de vacíos perfectos. Porque como en aquella historia de Stephen King, puede que la memoria que de verdad importa sea eso, un viejo archivador de fichas olvidado en el cuarto más viejo y mohoso de la biblioteca, al que sólo vuelves de verdad cuando alguien pone la magdalena correcta bajo tu nariz, el tiempo como manifestación física y perceptible de la impermanencia.

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La forma del tiempo

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Tal vez como decía Bradbury el tiempo se parece a la nieve que cae calladamente en una habitación negra. No lo sé. Hace ya unos años, tras unas cuantas excursiones por el monte con mi tío (que aún con 75 años me dejaba atrás subiendo las cuestas campo a través como si no le pesaran los años ni el ánimo), durante un par de veranos le cogí el gusto a calzarme las Chiruca, colgarme la cámara y salir cada mañana a explorar sin rumbo para ver lo que salía a mí encuentro, disfrutando del olor del tomillo seco al caminar a través de un paisaje siempre humilde y asequible, o subiendo a lo alto de los riscos y los collados para ver lo que parecía el mundo desde ahí arriba y luego buscarme una vía de retorno que me dejase en casa a la hora de comer. Revisando otras fotos de aquellos días, las botas aún parecían nuevas y en la barba costaba encontrar alguna cana. Exploración a pequeña escala en el patio trasero de tu casa, y en el patio trasero de tu memoria. Muchas veces no se necesita más, y por eso aquellos días vuelven a tu cabeza sin esfuerzo, como aquella primera vez que probaste una tortilla de collejas.

La Sirena

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Está ahí, la has sentido antes siquiera de haberla imaginado y has caminado hacia allí con la certeza de que te estaría esperando la oscuridad que surgía de la roca misma, que susurraba tu nombre una y otra vez desde lo más alto para que te olvidaras de todos y de todo excepto de subir a jugar con ella un rato o un día entero, si te preguntasen no sabrías decirlo, y agradeces no haber subido solo para que, al menos en esa ocasión, alguien más se acordase de tu nombre para reclamarte desde el mundo de los vivos.

Lo que fluye

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No recordaba el año con exactitud, porque a la memoria le pasa con la rutina lo que a la Polimerasa con los nucleótidos repetidos, empieza a perder la cuenta del cuánto y del cuando. Fue en el 2013 cuando la mítica librería Canuda de Barcelona echó el cierre definitivo tras sucumbir (cómo no) a la imparable burbuja de los alquileres, que por entonces aún era noticia y ahora algunos ya consideran un signo natural del progreso. Por el camino se llevó todos aquellos estantes de libros usados que esperaban a alguien que airease un poco sus páginas, y a cambio obtuvimos la enésima instancia de la cadena de ropa de turno.

Ironías del destino, varios años después, concretamente ayer, me enteré de que tras el cierre algunos antiguos trabajadores y clientes se habían unido en un proyecto conjunto para abrir una nueva librería con el nombre, espíritu y parte de los fondos de su predecesora. Lo irónico es que lo primero que leí al respecto es que la historia se repetía, y de nuevo una subida del alquiler les obliga a trasladar su sede.

Habrá que espabilar y pasarse a visitar la segunda resurrección del Ave Fénix, a ver si por casualidad conservan aún algunos de aquellos libros amarillos que editó Juventud antes de que la próxima burbuja los mande más allá del Besós o ya directamente corriente abajo, flotando boca arriba y sin posibilidad alguna de remontada, fluyendo hacia esa sopa de guisantes en la que Eduard Admetlla batió el récord del mundo de inmersión con aire comprimido tras conseguir bajar hasta los 100 metros en 1957. Y subir, claro.

No habrá nueces este año

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Una sola noche. No hizo falta más. Una sola noche en la que dicen algunos que se alcanzaron casi los 10 bajo cero y las nogueras, que ya verdeaban hacía tiempo, ennegrecieron de una punta a otra del valle. Caerán las hojas amarillas estos días (con suerte veré aún alguna cuando pueda volver a pasar por allí), y seguirán aún en su sitio  algunos colgajos negros como recordatorios de quien es el que manda. Pasan los días y las cosas de los hombres se elevan en castillos gigantescos que parecen ir a enterrar a los mortales en su caída, sólo para volver a ser levantados una vez más al día siguiente prometiendo llegar esta vez más alto, pero no habrá nueces este año.

Beneficio neto

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Charlas sobre tiourea y sus efectos compartiendo una sidra, un sombrero de fieltro y una caña japonesa, tres Paulaner y un cachopo de setas por venir o unos kilómetros de autovía aprendiendo algo sobre hornos de aluminio. Una buena dosis de metal bajo una luz roja, una esterilla de yoga en un hayedo invernal. Una camisa de flores y un puñado de poetas trastornados. Un abrigo rojo, una bici plegable y un crucifijo de pulpo. Una geografía extensa, una red sociable y un café mañanero bien cargado. Un cortado y un recordatorio de que no es lo mismo la pereza que el abandono. Y por supuesto un colorido gorro de lana.

Será que me hago viejo.

Sin adornos

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Supongo que pasa con ciertos objetos, el diseño y la forma quedan al servicio absoluto de la función y una aparente simplicidad total se convierte en una atracción inevitable. Me ha venido a la cabeza hace un rato ese libro Taschen sobre la Bauhaus que tienen en la cafetería nueva, y especialmente aquellas teteras que tanto me gustaron y que usaban como ejemplo de alguna idea parecida.

Cuatro lados

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Es una suerte que, después de todo, un cuadrado no sea más que un caso particular de rectángulo. Decía Peter Parker en una viñeta mientras atizaba a algún caco noctámbulo que según su abuela un cambio era tan bueno como un descanso, posiblemente a cuento de algún reciente cambio de traje de trepamuros. El cambio de formato ha sido de momento refrescante y liberador de por sí, y el rollo de Portra 220 sigue en la nevera esperando el día en que le toque baño, así que a ver si un poco de color acaba de rizar el rizo y de paso me saca de la negligencia en la que cierta saturación de contenidos me ha venido sumiendo últimamente.

En caliente

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Y no tiene nada que ver con los treinta y cuarenta y tantos grados, o con el setenta y mucho por ciento de humedad.

Más bien con esas ideas que llaman a la puerta a veces en el bus de camino al trabajo, cuando como por arte de magia uno cree que caen del cielo las múltiples piezas necesarias de un tetris que da para completar una línea triple o cuádruple, explotando en una orgía de bonus y cerrando las costuras de un hilo espacio temporal con lo que se antoja el broche perfecto para un círculo que comenzó unos cuantos años atrás.

Luego llega el verano-verano, los calores y bochornos que abren este escrito, la pereza propia y el contagio de la pereza ajena, y cuando uno vuelve a mirar los apuntes de la moleskine el círculo perfecto y su broche mirados con más detalle empiez a parecer una pulsera de bob esponja.

Así que (Luis dixit), esperemos que el yo de antes del verano supiera dejar un mensaje en condiciones al del otoño, aunque no me extrañaría que al igual que aquel viajero espacial al final el arreglo del timón corra de la cuenta de quien uno menos se lo esperaría.