Beneficio neto

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Charlas sobre tiourea y sus efectos compartiendo una sidra, un sombrero de fieltro y una caña japonesa, tres Paulaner y un cachopo de setas por venir o unos kilómetros de autovía aprendiendo algo sobre hornos de aluminio. Una buena dosis de metal bajo una luz roja, una esterilla de yoga en un hayedo invernal. Una camisa de flores y un puñado de poetas trastornados. Un abrigo rojo, una bici plegable y un crucifijo de pulpo. Una geografía extensa, una red sociable y un café mañanero bien cargado. Un cortado y un recordatorio de que no es lo mismo la pereza que el abandono. Y por supuesto un colorido gorro de lana.

Será que me hago viejo.

Sin adornos

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Supongo que pasa con ciertos objetos, el diseño y la forma quedan al servicio absoluto de la función y una aparente simplicidad total se convierte en una atracción inevitable. Me ha venido a la cabeza hace un rato ese libro Taschen sobre la Bauhaus que tienen en la cafetería nueva, y especialmente aquellas teteras que tanto me gustaron y que usaban como ejemplo de alguna idea parecida.

Cuatro lados

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Es una suerte que, después de todo, un cuadrado no sea más que un caso particular de rectángulo. Decía Peter Parker en una viñeta mientras atizaba a algún caco noctámbulo que según su abuela un cambio era tan bueno como un descanso, posiblemente a cuento de algún reciente cambio de traje de trepamuros. El cambio de formato ha sido de momento refrescante y liberador de por sí, y el rollo de Portra 220 sigue en la nevera esperando el día en que le toque baño, así que a ver si un poco de color acaba de rizar el rizo y de paso me saca de la negligencia en la que cierta saturación de contenidos me ha venido sumiendo últimamente.

En caliente

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Y no tiene nada que ver con los treinta y cuarenta y tantos grados, o con el setenta y mucho por ciento de humedad.

Más bien con esas ideas que llaman a la puerta a veces en el bus de camino al trabajo, cuando como por arte de magia uno cree que caen del cielo las múltiples piezas necesarias de un tetris que da para completar una línea triple o cuádruple, explotando en una orgía de bonus y cerrando las costuras de un hilo espacio temporal con lo que se antoja el broche perfecto para un círculo que comenzó unos cuantos años atrás.

Luego llega el verano-verano, los calores y bochornos que abren este escrito, la pereza propia y el contagio de la pereza ajena, y cuando uno vuelve a mirar los apuntes de la moleskine el círculo perfecto y su broche mirados con más detalle empiez a parecer una pulsera de bob esponja.

Así que (Luis dixit), esperemos que el yo de antes del verano supiera dejar un mensaje en condiciones al del otoño, aunque no me extrañaría que al igual que aquel viajero espacial al final el arreglo del timón corra de la cuenta de quien uno menos se lo esperaría.

 

El pozo poético

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Como quien cumple con el par de kilómetros que faltan dando vueltas al rotontódromo, se circula por caminos trillados sin acabar de decicirse por ninguno, ni de tomar ninguna salida, puteando al GPS y haciéndole recalcular el corso hasta que la muchacha pierda la paciencia y se vaya de parranda al salpicadero de algún camionero cañí. Y ahí al final en el centro afilado, el salto al vacío de la indecisión, aunque como ya sabemos, mejor saltar uno que no ser empujado.

El camino

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Al final del asunto, en los inabarcables bosques que nos salen al encuentro uno tiene cierto control sobre qué camino escoger, pero mucho menos sobre a dónde le va a llevar. Sin embargo,  con el tiempo uno sí es capaz de llegar a saber si se ha disfrutado del paseo, y si lo que se ha encontrado por ahí ha hecho que valiera la pena desgastar la suela de los zapatos para, en caso afirmativo, no dudar en llevarlas a recauchutar y volver a lanzarse a la aventura.

 

De la envidia sana, o el efecto Navidad

2015-10-16

Sirva la presente para dejar algo de constancia gráfica de lo que en el post anterior llamo puntos blancos tocadores de turmas. La situación de hecho pintaba bastante bien, cielos de nubes fotogénicas, temperatura casi de primavera, monte para mí sólo, nada de viento, nuevo trípode y rótula (gracias por el chivatazo Luis), y tiempo por delante. Sobre el papel, todo bien dispuesto para cobrarme mi dosis de envidia sana.

Así que no esperaba yo que tras una mañana tan bien apañada, lo que infectase bien infectada la totalidad de los fotogramas del rollo (y como dije el otro día la de todos sus hermanos), fuese algo como esto. Algo raro ya era visible en los negativos colgados a secar.

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Captura con el cutréfono en la pantalla, disculpad el Moiré guarrindongo. Algo raro ya se adivina en la esquina superior izquierda…

Pero la auténtica verdad vendría un poco después…

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Zoom in más cutre si cabe, pero sirve para ilustrar el concepto.

Es curiosa la distribución de los puntos, tanto entre fotogramas como dentro de los mismos. En algunos casos acaparando cielos o zonas de grises medios, en otros puramente uniformes por toda la superficie, en otros (menos mal) dejando algunos fotogramas totalmente libres de problemas, siempre en esos cuatro rollos, y en lo que no parece algo inusual con esta película (buscando en Google ‘Ilford Pan F 50 white dots’ se encuentran varios ejemplos), siempre sin una conclusión clara.

Lo dicho, puramente testimonial y por si sirve de referencia para algo en algún futuro. Y si no, pues para okupar un poco del internet, que para peores cosas se usa oye.

De entre las sombras

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Es decir, de donde no hay, y por tanto no se puede sacar.

Está más claro que el agua que cagadas y desastres nos esperan a todos, pero ha sido un poco frustrante ver cómo las unas y las otras han decidido prolongar su fiesta de hermandad durante unos cuantas semanas a mi costa y en modo de barra libre.

Así que como note to self, y a modo de explicación autoconclusiva: el PanF50 excesivamente fino no pareció ser ni un error de exposición ni un exceso de tiempo durmiendo en el cajón tras ser expuesto, sino un Diafine post-mortem (no, resulta que no es eterno!) que no tuvo ningún problema en dejar subrevelados dos rollos más antes de irse váter abajo.

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Posteriormente, los tres cuatro PanF50 llenos de lo que parece (en el positivo) un bonito efecto de una de esas bolas nevadas tan molonas, tampoco parecen ser causa de una mala combinación de revelador – fijador – agua, ni del estado particular o contaminación de ninguna de las partes, ya que la prueba de control (el revelado por parte de entes neutrales al marrón, cual fotográficos cascos azules), revela (no pun intended) el mismo efecto de telefilme navideño de sobremesa de antena3, o de uno de esos culebrones de narcotraficantes que nos ponen ahora.

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Concluyendo esta bonita tragicomedia en tres actos, un examen más cuidadoso justo hace un rato del primer PanF, aquel tan fino en el que costaba ver a ojo absolutamente nada, muestra al escaneado los mismos puntitos de los cojones, que parecen haber estado ahí desde el principio, y que muy probablemente son eran intrínsecos a esos rollos, ya sea por mal estado al estar caducados (cosa rara en blanco y negro, pero siempre hay una primera vez), o debido a un mal almacenamiento por mi parte.

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Así que como decía Bela Lugosi en Ed Wood, temed, temed al viejo dragón verde, se comerá la plata de vuestras emulsiones y os dejará con cara de tontos cuando además la falta de la susodicha os impida ver otro problema subyacente. O lo que es lo mismo, shit happens a.k.a. más se perdió en Cuba.