El velo

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A veces, en esos paseos del invierno inexistente, el velo se desvela durante un instante y vienen a tu cabeza aquellas conversaciones con Llorenç Raich, cuando tú afirmabas que Smith era un poeta y él te decía que no, y tú insistías en ello, en que lo más difícil del asunto era hacer poesía sin que de pura objetividad manifiesta no fuesen ya aparentes ni los símbolos ni los oxímorons ni las metáforas ni todas esas cosas que habíamos estudiado, que esta vez era el bosque el que no dejaba ver los árboles. Pero tus argumentos no hacían sino rebotar sin dejar mella alguna, y no había otra cosa que hacer que sellar el eterno desacuerdo con un amistoso apretón de manos que no hacía falta darse. O aquella otra en la que seguías diciendo que el tríptico en el que te habías devanado los sesos seguía sin convencerte, que ni el orden del velo era orden, ni la poesía era poesía, ni la tercera foto era digna de ser ni tercera ni foto. Y poco importaba que en respuesta te dijera que llegada la hora de la verdad, todos le habían confesado ser víctimas de la mayor de las incertidumbres, que les habían pesado en la balanza y no habían dado el peso. Porque la poesía sólo es poesía cuando es de uno y uno la ha hecho suya, o más bien al revés, como Excalibur hizo a Arturo o Stormbringer hizo a Elric, dándoles la promesa del todo para acabar entregándoles la nada. O como esa fórmula matemática que copiabas a toda prisa de la pizarra y sigues haciendo en esa pesadilla recurrente en la que resulta que habías olvidado que aún te falta una asignatura para acabar la carrera. Una fórmula correcta en su forma que sólo lo será en su fondo cuando como decía Sócrates seas bendecido por el inigualable placer de entender lo que está pasando ahí dentro y no memorizando que equis es igual a dos. Porque como comprobará quien se lea el Elogio de la Sombra esperando hallar la luz, las respuestas sólo son respuestas si uno ha sido capaz de hacerse las preguntas adecuadas.

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La constante

Mochales, Guadalajara, 2009
Ahí está, viendo pasar el tiempo, como cuando había inviernos. A veces de adultos también jugamos sin saberlo a aquello de repetir las palabras una y otra vez hasta que pierden su sentido. No en vano es el paisaje, nacido o hecho, que miro tantas veces mientras desayuno o como o ceno, o simplemente estoy. Viviendo cómo el sol viaja parejo a los días, viniendo al mundo entre Las Pastoras y el Aguamala por San Juan y justo por el otro extremo tres días antes de la Navidad, descolgándose de la sabina que cuelga imposible, para emprender su corto camino por los Norcaos, donde en las tardes de agosto siempre aparecían las tormentas.

Así me siento yo también a ver pasar el tiempo en mi calendario, a trazar la elíptica de los años. Esa re(ve)lación de la fotografía y de las ventanas, ya lo hemos hablado alguna vez. Como aquella de Le Gras y sus tejados que parecían un esbozo al carboncillo, el día en que, como diría Enrique, Nicéforo decidió abrir su ojo ciego para nosotros. Por ahí dicen que en realidad la ventana es una metáfora de la apertura del alma humana hacia la vida, y qué mejor metáfora de la vida que una montaña, ya sea un humilde cerro de cien metros o las nieves perpetuas del monte Fuji asomando en el horizonte sobre los campos de té. La Tierra a la que siempre volvemos, como los restos del cohete en llamas meciéndose en la música de Philip Glass. La constante que quizá puedas reconocer y tener cerca para mirarla cuando lo necesites, cuando te despiertes a las tres de la mañana sin saber quien eres ni donde estás, o cuando te vuelvas a encontrar en la cubierta de un barco de vuelta a México preguntándote si estarás haciendo lo que debes.

 

Things left unsaid

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Uno puede leer mil veces que mirar viejas hojas de contacto es como viajar en el tiempo pero en realidad, nadie sabe lo que es eso, aparte de hacia adelante y a velocidad de crucero. Más bien, cuando el instante sea el preciso, imagino que debe parecerse más a ese día en el que al mirarse al espejo alguien se da cuenta de que ha malgastado estúpidamente los años que de verdad merecían ser vividos para quedarle sólo por delante aquellos en los que se vive para pagar y ver a otros cumplir los sueños a los que uno no se atrevió. O a quien abriendo el libro al azar vuelve a encontrar a la chica morena del maletín de la página 182 doblando a la izquierda desde el Ponte Pasqualigo hacia la Fondamenta del Remedio, el paso tan decidido como el rostro que no nos muestra, el abrigo negro a cuadros ondeando tras ella, apenas capaz de seguirla en su camino. Y es que me parece que esas cosas solo pasan cuando el pasado se alinea con el presente, y los recuerdos del entonces encuentran el camino directo a su destino en el ahora.

 

Puerca Tierra

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“[…] una tragedia cósmica que, así lo sentimos, arroja a la ruinas a las sombras de la melancolía.”

Sí, quizá lo que nos atrae tanto de las ruinas es que como dice Simmel, siendo la prueba por excelencia del dominio del hombre sobre la naturaleza, sin embargo han parecido aceptar en paz su destino y abandonarse totalmente a su devenir. Dar por bueno el abrazo del tiempo e invitarnos a nosotros a dejarnos ir y formar parte de él, recordándonos sin rencor de dónde venimos y dónde siempre seremos bienvenidos.

O quizá es porque las ruinas de verdad, aquellas a las que no podemos evitar volver una y otra vez, como el Yesar, están simplemente donde deben estar. Y quien las puso precisamente ahí y en ningún otro lugar, siglo sobre siglo y una piedra sobre otra también sintió eso que todos hemos notado alguna vez, cada uno de nosotros sabe dónde. Y es precisamente ahí y entonces donde suele pasar lo que decía el otro día, empieza a soplar aquella brisa que trae el olor del  tomillo, o pasan las grullas camino al sur, o se abre paso el sol tras las nubes unos minutos antes de ponerse, en ese pedazo de mundo en el que por un instante parece que de repente lo entendemos todo, como en esa ermita escondida donde oyes al tiempo moverse entre las sabinas, llamémosle lugar mágico de los antiguos, o lo que nos parezca.

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There will come soft rains

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Cuando llega el momento, es difícil no creer que la brisa ha empezado a soplar para nosotros. Como el rumor de la lluvia sobre el tejado o las líneas que dejaron escritas los clásicos. Como el sol poniente que asoma tras las nubes en una tarde de invierno y te lleva allí donde escuchaste las grullas llamándote de entre todos sólo a ti para que las siguieras en su viaje a casa, y que como aquellos gansos salvajes o esos ojos oscuros en los que te miras, están ahí para anunciarte tu lugar en la escala eterna de las cosas.

Qué injustos seríamos con nosotros mismos si renunciásemos a la posibilidad de que así fuera.

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El estanque

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Uno nunca sabe cómo acaba el día hasta que se pone el sol. Y cómo acaba la noche hasta que vuelve a salir. La primera frase la leí en alguna parte, puede que escrita por Roald Amundsen en sus diarios y traída hasta nuestros días por El último lugar de la Tierra, ese libro cuya traducción al español me ha sido imposible de encontrar desde que lo leí en la biblioteca y me obsesioné con él hará más de diez años. Perseverancia. La segunda frase me la acabo de inventar, pero no me parece menos cierta.

De libro a libro, porque con el tiempo uno se da cuenta de que las obsesiones de hoy nutrirán la despensa de lo que necesites tener cazado y recolectado el día de mañana, cuando la vida haya dado buena cuenta de tu tiempo y de tus ganas, y se haya llevado a tus musas a derrochar sus talentos en las tragaperras de la gloria efímera de otro.

Y de libro a libro, y de nuevo a mis calles de arena y a su advertencia inicial: cuidado con tomar calles distintas a las habituales. Porque puede que te acaben llevando a la tienda de animales que sigue viento en popa, a la tapia que indica que el matrimonio de viejos tan viejos como la licorería que regentaban se cansaron ya de respirar, siempre inmóviles en sus taburetes viendo pasar a gente perdida como tú, y al nuevo bazar de los chinos que ocupa la esquina que doblaste y que te hizo pasar frente a lo que en su día fue el vivero de plantas al que te llevaban de pequeño, una pequeña casa baja en cuyo patio te podrías haber quedado para siempre, allí de puntillas aupado en el escalón,  viendo nadar las carpas en el estanque.

El árbol de las ánimas

Dead tree, Cabeza del Molino. Mochales

No, la suerte no crece en los árboles. Y va a resultar que tampoco crece en las semillas japonesas. Tantas esperanzas en esos puntitos negros envueltos en finísimo papel de arroz, y en esas frases escritas en el papelito doblado que venía dentro del gato rojo de papel maché, todo ello envuelto en un celofán cerrado con un lazo y hecho con ese cuidado propio de la gente del país del sol naciente. El árbol seguramente sigue ahí, y si en realidad no es así me da igual, con los años me doy cuenta de que para mí sí sigue ahí, y eso es suficiente.

La copia fue una de esas cosas inesperadas que sólo pueden pasar en las viejas buhardillas, mitad trastero y mitad secadero de fortuna para las uvas pasas, con una mesa de salón jubilada, una ampliadora casera regalo de un buen amigo hecha con el cuerpo de una antigua cámara plegable de 9×12, completada con una caja de luz donde el cartón grueso y el PVC iban de la mano, y animada por una bombilla mate de 100 vatios que sin preguntar se encargó de aplicar un interesante quemado en el centro de la imagen. Como la frase, seguramente demasiado, y con muchos defectos que ya no se ven aquí, vulgar mentira cortesía del demonio digital, pero me es imposible olvidar la primera copia con la que sentí que realmente había hecho algo, algo que querría mirar. Fue una tarde con suerte, y mientras fuera llueve y truena en la última noche de octubre pienso que cuando miro la foto me sigue oliendo a uvas pasas.

 

El lago

and there, I could only find sorrow

Pues sí, resulta que tú también tenías doce años aquel final de verano. Aquel final de verano en el que a última hora de la tarde del domingo la playa también parecía ya un poco más fría y un poco más oscura, aquellas tardes en las que alguien que no admitía discusión también te decía que te echaras por encima la toalla al salir del agua, que ibas a coger frío, y en las que al caminar arrastrando los pies bajo la arena una humedad que antes no estaba ahí hacía que ya no llegaran secos al duro asfalto donde les esperaban las zapatillas.

Aquel final de verano que tú aún no sabías que sería el último igual a todos los que hubo antes, y que daría paso a muchos más finales de verano en los que volverías a ver caer muchos soles tras muchos horizontes y a sentir el mismo aire frío en la misma piel que sin embargo ya nunca volvería a cubrir a la misma persona.

Y resulta que treinta años después has leído y has entendido, has entendido y has vuelto a subir al tren y has deshecho el camino, y has recorrido otra vez la playa para ver si volvías a encontrarte allí olvidado, arrastrando los pies por esa arena un poco más fría y un poco más oscura, la alfombra de un futuro inmediato que nunca querrías haber pisado.

 

About time

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tiempo
nombre masculino
  1. Dimensión física que representa la sucesión de estados por los que pasa la materia.
    “no hay espacio ni tiempo fuera del límite de tu universo; el tiempo transcurre inexorablemente”

El primer recuerdo del que tengo constancia en mi memoria, al menos el que puedo traer de vuelta a voluntad, es de cuando tenía seis años y fui capaz de saltar desde la repisa de la ventana del balcón hasta el suelo del susodicho, y aterrizar de pie sin descalabrarme, se entiende. Un pequeño salto para el mundo, la primigenia prueba de verdad para mí. Seguramente hay otros recuerdos anteriores por ahí perdidos que como la magdalena de Proust a veces casi diría que puedo volver a disfrutar por un instante, pero a decir verdad se diferencian tan poco de un sueño que no me atrevo a sacarlos del cajón del archivador que corresponde a la V de volátil, de vida, de vivencias, verdades, y vacíos, de vacíos perfectos. Porque como en aquella historia de Stephen King, puede que la memoria que de verdad importa sea eso, un viejo archivador de fichas olvidado en el cuarto más viejo y mohoso de la biblioteca, al que sólo vuelves de verdad cuando alguien pone la magdalena correcta bajo tu nariz, el tiempo como manifestación física y perceptible de la impermanencia.

La forma del tiempo

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Tal vez como decía Bradbury el tiempo se parece a la nieve que cae calladamente en una habitación negra. No lo sé. Hace ya unos años, tras unas cuantas excursiones por el monte con mi tío (que aún con 75 años me dejaba atrás subiendo las cuestas campo a través como si no le pesaran los años ni el ánimo), durante un par de veranos le cogí el gusto a calzarme las Chiruca, colgarme la cámara y salir cada mañana a explorar sin rumbo para ver lo que salía a mí encuentro, disfrutando del olor del tomillo seco al caminar a través de un paisaje siempre humilde y asequible, o subiendo a lo alto de los riscos y los collados para ver lo que parecía el mundo desde ahí arriba y luego buscarme una vía de retorno que me dejase en casa a la hora de comer. Revisando otras fotos de aquellos días, las botas aún parecían nuevas y en la barba costaba encontrar alguna cana. Exploración a pequeña escala en el patio trasero de tu casa, y en el patio trasero de tu memoria. Muchas veces no se necesita más, y por eso aquellos días vuelven a tu cabeza sin esfuerzo, como aquella primera vez que probaste una tortilla de collejas.