El velo

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A veces, en esos paseos del invierno inexistente, el velo se desvela durante un instante y vienen a tu cabeza aquellas conversaciones con Llorenç Raich, cuando tú afirmabas que Smith era un poeta y él te decía que no, y tú insistías en ello, en que lo más difícil del asunto era hacer poesía sin que de pura objetividad manifiesta no fuesen ya aparentes ni los símbolos ni los oxímorons ni las metáforas ni todas esas cosas que habíamos estudiado, que esta vez era el bosque el que no dejaba ver los árboles. Pero tus argumentos no hacían sino rebotar sin dejar mella alguna, y no había otra cosa que hacer que sellar el eterno desacuerdo con un amistoso apretón de manos que no hacía falta darse. O aquella otra en la que seguías diciendo que el tríptico en el que te habías devanado los sesos seguía sin convencerte, que ni el orden del velo era orden, ni la poesía era poesía, ni la tercera foto era digna de ser ni tercera ni foto. Y poco importaba que en respuesta te dijera que llegada la hora de la verdad, todos le habían confesado ser víctimas de la mayor de las incertidumbres, que les habían pesado en la balanza y no habían dado el peso. Porque la poesía sólo es poesía cuando es de uno y uno la ha hecho suya, o más bien al revés, como Excalibur hizo a Arturo o Stormbringer hizo a Elric, dándoles la promesa del todo para acabar entregándoles la nada. O como esa fórmula matemática que copiabas a toda prisa de la pizarra y sigues haciendo en esa pesadilla recurrente en la que resulta que habías olvidado que aún te falta una asignatura para acabar la carrera. Una fórmula correcta en su forma que sólo lo será en su fondo cuando como decía Sócrates seas bendecido por el inigualable placer de entender lo que está pasando ahí dentro y no memorizando que equis es igual a dos. Porque como comprobará quien se lea el Elogio de la Sombra esperando hallar la luz, las respuestas sólo son respuestas si uno ha sido capaz de hacerse las preguntas adecuadas.

2 thoughts on “El velo

  1. Pues yo creo que todo está bien, en su sitio. Y ya metidos en harina matemática, a las tres fotos de tu tríptico se les podría aplicar la propiedad asociativa y se vería que el resultado final sería igual de potente, y la coletilla esa del orden de factores y la inalterabilidad del producto; incluso se podría apelar a la combinatoria, para llamar a tus fotos la combinación perfecta de tres elementos tomados de tres en tres, que dan siempre un único resultado (hasta donde recuerdo).
    Lo que no recordaba eran estas imágenes y casi hasta me alegro porque me resultan novedosas y los ojos se alivian en ellas, sobre todo por la sensación de umbría fresca que contrasta con las del bosque calentorro y reseco que me he traído de mi experiencia berciana del fin de semana.
    No sobra nada, ni foto, ni ambiente, ni orden; que seguramente hay alguna especie de entropía organizando el aparente caos de hojas, ramas, luz y oscuridad. Te iba a aconsejar que no fueses tan exigente contigo, pero te recomendaré que veas -mejor aún, que te compres- el libro de Javier Ayarza, “De luce et umbris”, que creo haber citado ya por ahí. Entenderás.

    • Me has hecho acordarme de lo que contestó una señora el otro día en el bus (seguramente con razón) cuando le dije que a mí también me duelen más ahora los golpes que hace diez años: ‘Qué exagerado’. Voy a hacer buen caso de tu consejo, a ver si me ayuda a cerrar el bucle del entendimiento con estas fotos aprovechando que han vuelto al ruedo en esos paseos de la memoria. Y por cierto espero que ya esté el bosque un tanto más fresco por allí. Gracias Enrique.

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