The times are never so bad

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Supongo que no, que como decía Thomas More los tiempos nunca son tan malos, pero el mundo sigue sin incluir un botón para solicitar parada y sentarse un rato en algún sitio agradable a esperar que pase el siguiente o el otro, o simplemente porque uno se ha hartado y prefiere ir caminando a la siguiente parada, a hacer tiempo hasta que la hora punta sea ya un mal recuerdo y el viaje a donde quiera que sea resulte algo más apacible. Mientras tanto, uno pasea lo que puede, como un Thoureau de pacotilla o un Charles Halloway sin terminar, no hallando en el camino ni la paz ni el invierno ni mucho menos aquella belleza que cosechaba Saúl Leiter, extinta ya hace mucho en los ojos del que mira.

En su lugar, uno va alargando cada vez más el trayecto por calles adyacentes por las que huir de una muchedumbre hecha enjambre y dispuesta a pasar por encima de lo que sea necesario, como si todos los arquetipos de aquellos cuarentamil negativos de August Sander hubiesen visto por fin la luz al final del túnel bajo las ruinas de aquella casa en Colonia y uno se hallase  interpuesto entre ellos y el espejo que les espera en algún sitio, deseoso de librarse por fin del velo y devolver el reflejo de algo vivo. Mientras tanto, otros fotogramas se seguirán apilando uno tras otro en los cajones del archivador del tiempo, esperando su turno, porque de la nada nada nace.

 

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