El estanque

...

Uno nunca sabe cómo acaba el día hasta que se pone el sol. Y cómo acaba la noche hasta que vuelve a salir. La primera frase la leí en alguna parte, puede que escrita por Roald Amundsen en sus diarios y traída hasta nuestros días por El último lugar de la Tierra, ese libro cuya traducción al español me ha sido imposible de encontrar desde que lo leí en la biblioteca y me obsesioné con él hará más de diez años. Perseverancia. La segunda frase me la acabo de inventar, pero no me parece menos cierta.

De libro a libro, porque con el tiempo uno se da cuenta de que las obsesiones de hoy nutrirán la despensa de lo que necesites tener cazado y recolectado el día de mañana, cuando la vida haya dado buena cuenta de tu tiempo y de tus ganas, y se haya llevado a tus musas a derrochar sus talentos en las tragaperras de la gloria efímera de otro.

Y de libro a libro, y de nuevo a mis calles de arena y a su advertencia inicial: cuidado con tomar calles distintas a las habituales. Porque puede que te acaben llevando a la tienda de animales que sigue viento en popa, a la tapia que indica que el matrimonio de viejos tan viejos como la licorería que regentaban se cansaron ya de respirar, siempre inmóviles en sus taburetes viendo pasar a gente perdida como tú, y al nuevo bazar de los chinos que ocupa la esquina que doblaste y que te hizo pasar frente a lo que en su día fue el vivero de plantas al que te llevaban de pequeño, una pequeña casa baja en cuyo patio te podrías haber quedado para siempre, allí de puntillas aupado en el escalón,  viendo nadar las carpas en el estanque.

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