Vacío perfecto *

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Recuerdo haber llegado a una hora extraña en la que nadie me esperaba, posiblemente en uno de esos raros días en los que salí cuando aquí aún era de noche, haber dejado el coche en el manzano, y subir como mucho con una mochila a la espalda por la rampa del callejón grande que tiene menos aún de lo primero que de lo segundo. No debía estar el verano muy lejos en el antes o en el después, porque también recuerdo la sorpresa de encontrarme en la solitaria puerta de atrás con unos geranios azotados por un airazo de poniente frío y desapacible, y sólo las cosas fuera de sitio son capaces de impregnar la memoria de esa manera. Aunque lo mismo ocurre cuando uno está equivocado y la realidad se encarga de que no olvides que los elementos no entienden de misericordia, y de que al igual que le ocurrirá al Sol en su último día, todas las cosas del mundo volverán al lugar de donde vinieron. Quizá ya había llegado el frío, después de todo.

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