El árbol de las ánimas

Dead tree, Cabeza del Molino. Mochales

No, la suerte no crece en los árboles. Y va a resultar que tampoco crece en las semillas japonesas. Tantas esperanzas en esos puntitos negros envueltos en finísimo papel de arroz, y en esas frases escritas en el papelito doblado que venía dentro del gato rojo de papel maché, todo ello envuelto en un celofán cerrado con un lazo y hecho con ese cuidado propio de la gente del país del sol naciente. El árbol seguramente sigue ahí, y si en realidad no es así me da igual, con los años me doy cuenta de que para mí sí sigue ahí, y eso es suficiente.

La copia fue una de esas cosas inesperadas que sólo pueden pasar en las viejas buhardillas, mitad trastero y mitad secadero de fortuna para las uvas pasas, con una mesa de salón jubilada, una ampliadora casera regalo de un buen amigo hecha con el cuerpo de una antigua cámara plegable de 9×12, completada con una caja de luz donde el cartón grueso y el PVC iban de la mano, y animada por una bombilla mate de 100 vatios que sin preguntar se encargó de aplicar un interesante quemado en el centro de la imagen. Como la frase, seguramente demasiado, y con muchos defectos que ya no se ven aquí, vulgar mentira cortesía del demonio digital, pero me es imposible olvidar la primera copia con la que sentí que realmente había hecho algo, algo que querría mirar. Fue una tarde con suerte, y mientras fuera llueve y truena en la última noche de octubre pienso que cuando miro la foto me sigue oliendo a uvas pasas.

 

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