Terapia

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Uno tiene poca conciencia encima de una bicicleta. Cuanto mayor es el esfuerzo que hace, menos conciencia tiene. (…) Lo que pasa por la cabeza de un ciclista durante una carrera es una bola monolítica, tan lisa y tan uniforme que ni siquiera se ve cómo gira. La ausencia casi absoluta de protuberancias en la superficie hace que no choque con nada que pueda entrar en el torrente de pensamientos.

El ciclista. Tim Krabbé.

 

No sé si a todo el mundo le pasa, pero también noto esa agradable falta de conciencia en ocasiones cuando estoy por ahí pateando rastrojos mesetarios, primero con la vista y luego con los pinreles, arrastrando cámara trípode y resto de bártulos a la búsqueda de algo que por definición sólo puede existir en mi cabeza.

Esa imagen, esa visualización de una utopía que como la bola monolítica de Krabbé gira sobre sí misma de forma imperceptible, reclama por un momento todo el espacio posible haciendo resbalar sobre su pulida superficie cualquier cosa que no sea ella misma.

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Es, de alguna manera, como ser y no ser al mismo tiempo, como estar sin estar, o quizás por un rato ser más uno mismo que nunca, por una vez liberados de pesos añadidos. Ser consciente de todo lo que te rodea, pero al mismo tiempo sólo en la medida en la que forma parte de esa imagen en tu mente, esperando y haciendo que todo confluya en un único punto.

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Un punto que como el agujero de Symmes y por ende el polo mismo, no es más que una inexistencia material por definición. Un signo convencional, una definición matemática de la que una vez has llegado sólo puedes salir y que sólo existe durante el instante en que permanece abierto el obturador, pues una vez cerrado la idea ya es forma. Forma que nace condenada a ser en sí un desengaño, siempre fluyendo asintóticamente hacia una idea que ya no está allí.

 

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8 thoughts on “Terapia

  1. En ese entorno lo raro es que uno pueda hacer algo más que embobarse, tal vez ni siquiera ser. La cámara en muchas de esas ocasiones no es más que un estorbo -o tendría que serlo- para el hecho de la simple contemplación. Pero, ¿quién se resiste a no tratar de llevarse la vivencoa para casa entre un rollo de 102?
    Las fotos son preciosas, mi querido amigo; dejaré de lado eso de la transmisión de calma y tranquilidad y me quedaré a imaginar lo había en esos lugares fuera del recuadro 6×6.

    • El tratar de llevarme vivencias entre la gelatina no me ha producido más que la búsqueda del tiempo perdido mirando negativos o diapositivas tomadas a destiempo. La cámara, en cambio, ni es ni debe ser un estorbo, éste sólo está en la cabeza, empeñada bien en someter el mundo a su voluntad, bien en sus carencias, o más frecuentemente, en no distinguir cuándo es el momento de cada cosa.

      • ¿Y qué es fotografiar, sino someter el mundo a nuestra voluntad? ¿Te parece poco sometimiento querer registrar la magnitud de lo que está delante en un trozo de película de 42 centímetros cuadrados? Y me refiero sólo a lo que que “está físicamente”, el “momento de cada cosa” a mí ya me cae tan lejano como un viaje a marte; es más, siempre llego tarde. Pero reconozco que muchos momentos, sobre todos los familiares, los he “vivido” a través de la cámara. Sin ir más lejos, el sábado pasado, festejando el primer aniversario del nano, preocupado casi exclusivamente de dejar constancia para la posteridad. Al final, recordaré más unas fotos con personas que los momentos de desconcierto del hijo pequeño ante tanto despliegue. Pero, debo ser yo. 😦

    • “¿Y qué es fotografiar, sino someter el mundo a nuestra voluntad?”

      Quizás sea una cuestión de aproximación personal, pero nunca he pensado que cuando hacía alguna foto, ni siquiera copiando en el laboratorio, estaba tratando de someter al sujeto, sino más bien siendo oportunista. Pensamiento propio de un mindundi, me temo.

      El resto es justo a lo que me refería, ahí y en los viajes.

  2. “¿Y qué es fotografiar, sino someter el mundo a nuestra voluntad?”

    Quizás sea una cuestión de aproximación personal, pero nunca he pensado que cuando hacía alguna foto, ni siquiera copiando en el laboratorio, estaba tratando de someter al sujeto, sino más bien siendo oportunista. Pensamiento propio de un mindundi, me temo.

    El resto es justo a lo que me refería, ahí y en los viajes.

  3. …a nuestra voluntad… dentro de un universo temporal en miniatura, enmarcado entre cuatro paredes. Toda sensación de control es sólo eso, una ilusión, pero ese ‘let it go’ o ‘ser oportunista’ frente al visor o la pantalla, rodeado por todo lo demás y admitiendo que en realidad no controlamos nada sino al revés, quizá es lo más cerca que podamos estar de … glups… de lo que sea que haya ahí fuera mientras tengamos una cámara entre las manos…

  4. No conocía al tal Krabbé, pero tiene más razón que un santo. Yo no he andado en bicicleta más que a nivel de aficionadillo, pero cuando toca dar pedales en una cuesta en la que si te levantas del sillín pierdes toda la tracción, en lo único que piensas es en la siguiente pedalada. Y normalmente estás chorreando sudor, con la sensación de que no te entra aire suficiente y con la lengua fuera. No muy agradable.
    Pero si que estoy de acuerdo contigo en lo de ese estado de ánimo en el que, a veces, me hundo cuando estoy sacando fotos. En esos momentos, ya no ves fotos, todo es una foto. No tienes tiempo material para tratar de registrar todo lo que sientes (porque ya no es sólo ver). Lo que en otras ocasiones no te ha parecido digno de sacar la cámara, en estos momentos es una foto preciosa. Bueno, cosas así que me pasan de vez en cuando, pero que son totalmente congruentes con el zen. Cuando has repetido miles de veces los mismos movimientos, estos fluyen sin necesidad de pensar. En esos instantes, en cualquier actividad, te conviertes en parte ellos. Por ejemplo, en el caso del karate (que es lo que a mí me aflije), en un combate, se traat de no pensar, de dejar que tu mente esté libre de ninguna táctica. En el momento que lo consigues, has dejado de tener un contrincante, porque te conviertes en él mismo. Bueno, chorradas así, pero que en mi caso, me pasan también cuando voy con la cámara.

    • Hola Alfonso, pues lo has descrito bien sí… de hecho me has hecho venir a la mente una subida-pedregal en concreto (la del Cagarraches, que hasta tiene nombre la jodida) en la que suelo acabar como tú dices y donde tarde o temprano acabo echando pie a tierra…
      Eso que dices del kárate es otra forma de describir más o menos lo mismo, y es aplicable a muchas otras cosas diría yo, ese ‘mind no mind’ que también he leído por ahí en algún rollo zen y que sí puede ser algo digno de salir en una galleta de la fortuna, pero que esta ahí.
      Parece más fácil notarlo cuando practicas con algo de regularidad e interés cierta disciplina física (y por ejemplo las artes marciales son el paradigma por excelencia de lo que hablamos) donde la diferencia entre dejar a tu mente ‘irse’ o no es fundamental. Creo que cuando tras tanto tiempo sin darte cuenta interiorizas un proceso como la fotografía (o si nos extendemos, cualquier disciplina artística) de una forma parecida, estás aplicando el mismo principio.
      Al final Tarkosky tendrá razón…

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