El paisaje habitable

Como bien apuntaba Enrique el otro día, el libro de Barthes (difícil a veces, punzante otras, las que quedan pues algo entre medias) tenía más sorpresas escondidas.

No voy a negarlo. Mi lectura fue diagonal, es una de mis muy malas costumbres, adquirida durante los años que pasé trabajando como ‘The IT guy’, y más adelante como lector exprés de ‘papers’. Una de los cosas que me hizo detenerme fue la que ya comentamos acerca de esa dualidad del stadium y el punctum.

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Otra, que me dejó mejor sensación en el cuerpo, quizá por considerarla más cercana, fue una sección sobre la fotografía del paisaje, a lo que la impulsa en el fotógrafo, y a lo que provoca en el espectador. De nuevo el Sr. Barthes de marras va hablando sobre lo que hace que cierta foto sea interesante para él, y es aquí donde introduce el concepto del paisaje habitable, aquel paisaje (rural, urbano, el que sea) que despierta en el espectador las ganas de, literalmente, habitar en él. Y claramente contrapone esa sensación con la del paisaje visitable, por el que querrías pasar como turista (o viajero); no, de lo que aquí se habla es de pasar a formar parte, por activa y por pasiva, de esa escena que ves ante tus ojos.

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O como escribía bajo la fotografía de un caserón desvencijado en una callejuela adyacente a la Alhambra tomada en mil ochocientos y mucho: literalmente hubiera querido habitar allí, vivir en aquella casa, en aquella época. Declaración de intenciones al pie de la letra o ideal romántico ? No lo llegué a discernir en el texto, pero sabiendo que lo primero era físicamente imposible (excepto para algunos), pues tampoco parecía mala idea lo segundo.

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No sé si como dice Enrique esa misma sensación, o una similar, es la que hace que no podamos evitar pararnos ante los mismos paisajes para retratarlos una y otra vez, anhelando un espacio y un tiempo que no existe más que en nuestra mente y con suerte en el fotograma. Como el anhelado sillón con alas del turista accidental.

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3 thoughts on “El paisaje habitable

  1. Lo tengo fresco aún porque en una charla reciente que di en Gijón, para los amigos de Hablando en Plata de allí, lo sacaba a colación referido a mis propias fotografías y al porqué de las mismas. Igual que esa otra frase esclarecedora de Susan Sontag en “Sobre la Fotografía” -casi al final- donde se enfrenta a la idea de Proust, quien considera la Fotografía como una herramienta de la memoria, mientas que ella sostiene que más que un instrumento es un SUSTITUTO de la memoria. Yo he cavilado mucho sobre ello, a cuenta de mis propias motivaciones fotográficas, y en su día llegué a la conclusión de que hacemos fotografías para completar recuerdos, como en las restauraciones de viejos edificios llevadas a cabo con piedra nuev, o para dar cuerpo a ensoñaciones paisajísticas. Durante años ha sido el “manifiesto” de mi página web.
    Dos apuntes para dar qué pensar: uno, la fascinación por la RUINA viene de lejos, nuestros abuelos románticos soñaban con las ruinas medievales, y los tatarabuelos renacentistas con las de Roma y Grecia. No sé, algo tiene la cosa. Y dos, tal anhelo es tan viejo como para remontarse a la antigüedad clásica, al tópico latino del “locus amoenus”, el lugar plácido, bucólico, o al “beatus ille” de Horacio, o al “que descansada vida la del que huye del mundanal ruido…” de Fray Luís de León.
    Si es que no hemos inventado nada.
    Por cierto, tus fotografías siempre tan hermosas y ricas de tonalidades y matices.

    • En efecto, los paisajes de la memoria inventada.
      Me ha gustado mucho la nueva referencia sobre la que pensar, ese lugar ameno y todo lo que implica. De nuevo, yo que soy de ideas fijas, me vuelvo a acordar de Stalker y de ese lugar al que llaman La Zona, que también responde bastante bien a ese esquema clásico, y donde también la ruina está presente en cada escena. Donde algunos van a buscar sus más íntimos deseos, mientras otros simplemente son felices de poder estar allí, sin necesitar ni anhelar nada más.
      Es bonito saber que nuestros antiguos pasaron antes por iguales caminos, y tener esas referencias sobre las que explorar, realmente no, no hemos cambiado tanto.

  2. A Sontag lo que de verdad le gustaba era la provocación argumental. La fotografía no es un sustituto de la memoria, ni tampoco un instrumento de la memoria – o al menos no más que cualquier otra creación o reproducción figurativa o simbólica. Puede usarse para ambas cosas o quedarse en nada más que eso dependiendo del contexto.

    Como el resto de actividades improductivas sin un fin determinado previamente, es un aliviadero de pulsiones, una fuente de frustraciones y satisfacciones, un activador de la imaginación, una excusa para pretender una profundidad inexistente salvo en el ensayo, un pie conductor de pensamientos que de otra forma probablemente serían destructivos, o un motivo para que los aficionados hablen de algo si el fútbol, o los toros, fallan.

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