Maëlstrom

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Tras haber reculado hasta el fondo de la cueva a lamerse las heridas de la picadora de carne humana del tienes que, uno le acaba cogiendo cierto cariño a la oscuridad familiar y a la calma tranquila de ahí abajo, como una especie de Shelob en sus horas más bajas, absorto en el amaro far niente de contemplar las pequeñas deidades que le devuelven a uno una mirada vacía desde sus huecos en la pared, iluminadas por la ténue llama de Vesta. Pero en algún momento hay que salir a buscar algo para alimentar el fuego, porque la cuerda del autómata da para poco más que para una animación sostenida alrededor del vórtice del sumidero.

 

El velo

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A veces, en esos paseos del invierno inexistente, el velo se desvela durante un instante y vienen a tu cabeza aquellas conversaciones con Llorenç Raich, cuando tú afirmabas que Smith era un poeta y él te decía que no, y tú insistías en ello, en que lo más difícil del asunto era hacer poesía sin que de pura objetividad manifiesta no fuesen ya aparentes ni los símbolos ni los oxímorons ni las metáforas ni todas esas cosas que habíamos estudiado, que esta vez era el bosque el que no dejaba ver los árboles. Pero tus argumentos no hacían sino rebotar sin dejar mella alguna, y no había otra cosa que hacer que sellar el eterno desacuerdo con un amistoso apretón de manos que no hacía falta darse. O aquella otra en la que seguías diciendo que el tríptico en el que te habías devanado los sesos seguía sin convencerte, que ni el orden del velo era orden, ni la poesía era poesía, ni la tercera foto era digna de ser ni tercera ni foto. Y poco importaba que en respuesta te dijera que llegada la hora de la verdad, todos le habían confesado ser víctimas de la mayor de las incertidumbres, que les habían pesado en la balanza y no habían dado el peso. Porque la poesía sólo es poesía cuando es de uno y uno la ha hecho suya, o más bien al revés, como Excalibur hizo a Arturo o Stormbringer hizo a Elric, dándoles la promesa del todo para acabar entregándoles la nada. O como esa fórmula matemática que copiabas a toda prisa de la pizarra y sigues haciendo en esa pesadilla recurrente en la que resulta que habías olvidado que aún te falta una asignatura para acabar la carrera. Una fórmula correcta en su forma que sólo lo será en su fondo cuando como decía Sócrates seas bendecido por el inigualable placer de entender lo que está pasando ahí dentro y no memorizando que equis es igual a dos. Porque como comprobará quien se lea el Elogio de la Sombra esperando hallar la luz, las respuestas sólo son respuestas si uno ha sido capaz de hacerse las preguntas adecuadas.

The times are never so bad

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Supongo que no, que como decía Thomas More los tiempos nunca son tan malos, pero el mundo sigue sin incluir un botón para solicitar parada y sentarse un rato en algún sitio agradable a esperar que pase el siguiente o el otro, o simplemente porque uno se ha hartado y prefiere ir caminando a la siguiente parada, a hacer tiempo hasta que la hora punta sea ya un mal recuerdo y el viaje a donde quiera que sea resulte algo más apacible. Mientras tanto, uno pasea lo que puede, como un Thoureau de pacotilla o un Charles Halloway sin terminar, no hallando en el camino ni la paz ni el invierno ni mucho menos aquella belleza que cosechaba Saúl Leiter, extinta ya hace mucho en los ojos del que mira.

En su lugar, uno va alargando cada vez más el trayecto por calles adyacentes por las que huir de una muchedumbre hecha enjambre y dispuesta a pasar por encima de lo que sea necesario, como si todos los arquetipos de aquellos cuarentamil negativos de August Sander hubiesen visto por fin la luz al final del túnel bajo las ruinas de aquella casa en Colonia y uno se hallase  interpuesto entre ellos y el espejo que les espera en algún sitio, deseoso de librarse por fin del velo y devolver el reflejo de algo vivo. Mientras tanto, otros fotogramas se seguirán apilando uno tras otro en los cajones del archivador del tiempo, esperando su turno, porque de la nada nada nace.

 

La constante

Mochales, Guadalajara, 2009
Ahí está, viendo pasar el tiempo, como cuando había inviernos. A veces de adultos también jugamos sin saberlo a aquello de repetir las palabras una y otra vez hasta que pierden su sentido. No en vano es el paisaje, nacido o hecho, que miro tantas veces mientras desayuno o como o ceno, o simplemente estoy. Viviendo cómo el sol viaja parejo a los días, viniendo al mundo entre Las Pastoras y el Aguamala por San Juan y justo por el otro extremo tres días antes de la Navidad, descolgándose de la sabina que cuelga imposible, para emprender su corto camino por los Norcaos, donde en las tardes de agosto siempre aparecían las tormentas.

Así me siento yo también a ver pasar el tiempo en mi calendario, a trazar la elíptica de los años. Esa re(ve)lación de la fotografía y de las ventanas, ya lo hemos hablado alguna vez. Como aquella de Le Gras y sus tejados que parecían un esbozo al carboncillo, el día en que, como diría Enrique, Nicéforo decidió abrir su ojo ciego para nosotros. Por ahí dicen que en realidad la ventana es una metáfora de la apertura del alma humana hacia la vida, y qué mejor metáfora de la vida que una montaña, ya sea un humilde cerro de cien metros o las nieves perpetuas del monte Fuji asomando en el horizonte sobre los campos de té. La Tierra a la que siempre volvemos, como los restos del cohete en llamas meciéndose en la música de Philip Glass. La constante que quizá puedas reconocer y tener cerca para mirarla cuando lo necesites, cuando te despiertes a las tres de la mañana sin saber quien eres ni donde estás, o cuando te vuelvas a encontrar en la cubierta de un barco de vuelta a México preguntándote si estarás haciendo lo que debes.

 

Things left unsaid

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Uno puede leer mil veces que mirar viejas hojas de contacto es como viajar en el tiempo pero en realidad, nadie sabe lo que es eso, aparte de hacia adelante y a velocidad de crucero. Más bien, cuando el instante sea el preciso, imagino que debe parecerse más a ese día en el que al mirarse al espejo alguien se da cuenta de que ha malgastado estúpidamente los años que de verdad merecían ser vividos para quedarle sólo por delante aquellos en los que se vive para pagar y ver a otros cumplir los sueños a los que uno no se atrevió. O a quien abriendo el libro al azar vuelve a encontrar a la chica morena del maletín de la página 182 doblando a la izquierda desde el Ponte Pasqualigo hacia la Fondamenta del Remedio, el paso tan decidido como el rostro que no nos muestra, el abrigo negro a cuadros ondeando tras ella, apenas capaz de seguirla en su camino. Y es que me parece que esas cosas solo pasan cuando el pasado se alinea con el presente, y los recuerdos del entonces encuentran el camino directo a su destino en el ahora.

 

Puerca Tierra

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“[…] una tragedia cósmica que, así lo sentimos, arroja a la ruinas a las sombras de la melancolía.”

Sí, quizá lo que nos atrae tanto de las ruinas es que como dice Simmel, siendo la prueba por excelencia del dominio del hombre sobre la naturaleza, sin embargo han parecido aceptar en paz su destino y abandonarse totalmente a su devenir. Dar por bueno el abrazo del tiempo e invitarnos a nosotros a dejarnos ir y formar parte de él, recordándonos sin rencor de dónde venimos y dónde siempre seremos bienvenidos.

O quizá es porque las ruinas de verdad, aquellas a las que no podemos evitar volver una y otra vez, como el Yesar, están simplemente donde deben estar. Y quien las puso precisamente ahí y en ningún otro lugar, siglo sobre siglo y una piedra sobre otra también sintió eso que todos hemos notado alguna vez, cada uno de nosotros sabe dónde. Y es precisamente ahí y entonces donde suele pasar lo que decía el otro día, empieza a soplar aquella brisa que trae el olor del  tomillo, o pasan las grullas camino al sur, o se abre paso el sol tras las nubes unos minutos antes de ponerse, en ese pedazo de mundo en el que por un instante parece que de repente lo entendemos todo, como en esa ermita escondida donde oyes al tiempo moverse entre las sabinas, llamémosle lugar mágico de los antiguos, o lo que nos parezca.

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There will come soft rains

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Cuando llega el momento, es difícil no creer que la brisa ha empezado a soplar para nosotros. Como el rumor de la lluvia sobre el tejado o las líneas que dejaron escritas los clásicos. Como el sol poniente que asoma tras las nubes en una tarde de invierno y te lleva allí donde escuchaste las grullas llamándote de entre todos sólo a ti para que las siguieras en su viaje a casa, y que como aquellos gansos salvajes o esos ojos oscuros en los que te miras, están ahí para anunciarte tu lugar en la escala eterna de las cosas.

Qué injustos seríamos con nosotros mismos si renunciásemos a la posibilidad de que así fuera.

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El estanque

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Uno nunca sabe cómo acaba el día hasta que se pone el sol. Y cómo acaba la noche hasta que vuelve a salir. La primera frase la leí en alguna parte, puede que escrita por Roald Amundsen en sus diarios y traída hasta nuestros días por El último lugar de la Tierra, ese libro cuya traducción al español me ha sido imposible de encontrar desde que lo leí en la biblioteca y me obsesioné con él hará más de diez años. Perseverancia. La segunda frase me la acabo de inventar, pero no me parece menos cierta.

De libro a libro, porque con el tiempo uno se da cuenta de que las obsesiones de hoy nutrirán la despensa de lo que necesites tener cazado y recolectado el día de mañana, cuando la vida haya dado buena cuenta de tu tiempo y de tus ganas, y se haya llevado a tus musas a derrochar sus talentos en las tragaperras de la gloria efímera de otro.

Y de libro a libro, y de nuevo a mis calles de arena y a su advertencia inicial: cuidado con tomar calles distintas a las habituales. Porque puede que te acaben llevando a la tienda de animales que sigue viento en popa, a la tapia que indica que el matrimonio de viejos tan viejos como la licorería que regentaban se cansaron ya de respirar, siempre inmóviles en sus taburetes viendo pasar a gente perdida como tú, y al nuevo bazar de los chinos que ocupa la esquina que doblaste y que te hizo pasar frente a lo que en su día fue el vivero de plantas al que te llevaban de pequeño, una pequeña casa baja en cuyo patio te podrías haber quedado para siempre, allí de puntillas aupado en el escalón,  viendo nadar las carpas en el estanque.

Vacío perfecto *

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Recuerdo haber llegado a una hora extraña en la que nadie me esperaba, posiblemente en uno de esos raros días en los que salí cuando aquí aún era de noche, haber dejado el coche en el manzano, y subir como mucho con una mochila a la espalda por la rampa del callejón grande que tiene menos aún de lo primero que de lo segundo. No debía estar el verano muy lejos en el antes o en el después, porque también recuerdo la sorpresa de encontrarme en la solitaria puerta de atrás con unos geranios azotados por un airazo de poniente frío y desapacible, y sólo las cosas fuera de sitio son capaces de impregnar la memoria de esa manera. Aunque lo mismo ocurre cuando uno está equivocado y la realidad se encarga de que no olvides que los elementos no entienden de misericordia, y de que al igual que le ocurrirá al Sol en su último día, todas las cosas del mundo volverán al lugar de donde vinieron. Quizá ya había llegado el frío, después de todo.

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