El árbol de las ánimas

Dead tree, Cabeza del Molino. Mochales

No, la suerte no crece en los árboles. Y va a resultar que tampoco crece en las semillas japonesas. Tantas esperanzas en esos puntitos negros envueltos en finísimo papel de arroz, y en esas frases escritas en el papelito doblado que venía dentro del gato rojo de papel maché, todo ello envuelto en un celofán cerrado con un lazo y hecho con ese cuidado propio de la gente del país del sol naciente. El árbol seguramente sigue ahí, y si en realidad no es así me da igual, con los años me doy cuenta de que para mí sí sigue ahí, y eso es suficiente.

La copia fue una de esas cosas inesperadas que sólo pueden pasar en las viejas buhardillas, mitad trastero y mitad secadero de fortuna para las uvas pasas, con una mesa de salón jubilada, una ampliadora casera regalo de un buen amigo hecha con el cuerpo de una antigua cámara plegable de 9×12, completada con una caja de luz donde el cartón grueso y el PVC iban de la mano, y animada por una bombilla mate de 100 vatios que sin preguntar se encargó de aplicar un interesante quemado en el centro de la imagen. Como la frase, seguramente demasiado, y con muchos defectos que ya no se ven aquí, vulgar mentira cortesía del demonio digital, pero me es imposible olvidar la primera copia con la que sentí que realmente había hecho algo, algo que querría mirar. Fue una tarde con suerte, y mientras fuera llueve y truena en la última noche de octubre pienso que cuando miro la foto me sigue oliendo a uvas pasas.

 

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In search of beauty

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No se necesita mucha explicación. De hecho no hace falta ninguna. La búsqueda de la belleza es algo que se justifica por sí mismo, y la visita de hoy parecía hecha a medida para recordar eso y también algo de lo mucho que hablamos el otro día. Léase que para qué. Léase que para quién. Pues léase que para mí. Lo necesario y lo suficiente, lo justo para hacer que el corcho vuelva a flotar hasta la superficie desde las profundidades de su homenaje de nostalgia (gracias Enrique), o que el escocés volador vuelva a hacer girar las ruedas de Old Faithful en busca de un nuevo récord del mundo.

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Sí, me temo que a veces tendemos a ser parcos en palabras, parece que nos las tuvieran que sacar del fondo del pozo con un dedal. A donde voy es a lo que ya habíamos comentado más de una vez, a que tampoco es raro que un día decidamos que estamos más a gusto dando un paseo por el lugar de todos los miedos buscando la madera en que se harán realidad nuestras visiones, o quedándonos sin fuelle subiendo puertos de cuarta y luego intentando no descalabrarnos bajando la muralla china de Campillo, o dejando de sentir los pies tras dos horas en el río intentando colocar la mosca adecuada delante de las narices de la trucha más curiosa. Y luego, volver a casa y contemplar la belleza que un día tuvimos ante nuestros ojos y fuimos lo bastante afortunados como para poder llevar de regreso bajo el brazo y colgar en la pared junto a otras cosas bellas. Porque las cosas bellas gustan de estar unas junto a otras, de jugar al cuatro en raya con nuestra memoria y también de asegurarse de seguir llamando nuestra atención cuando realmente importa, como el canto lejano de las grullas, para que no nos olvidemos de pararnos a admirarlas en un alto del camino y, con suerte, a tener el valor de pedirles que nos acompañen de vuelta.

 

El lago

and there, I could only find sorrow

Pues sí, resulta que tú también tenías doce años aquel final de verano. Aquel final de verano en el que a última hora de la tarde del domingo la playa también parecía ya un poco más fría y un poco más oscura, aquellas tardes en las que alguien que no admitía discusión también te decía que te echaras por encima la toalla al salir del agua, que ibas a coger frío, y en las que al caminar arrastrando los pies bajo la arena una humedad que antes no estaba ahí hacía que ya no llegaran secos al duro asfalto donde les esperaban las zapatillas.

Aquel final de verano que tú aún no sabías que sería el último igual a todos los que hubo antes, y que daría paso a muchos más finales de verano en los que volverías a ver caer muchos soles tras muchos horizontes y a sentir el mismo aire frío en la misma piel que sin embargo ya nunca volvería a cubrir a la misma persona.

Y resulta que treinta años después has leído y has entendido, has entendido y has vuelto a subir al tren y has deshecho el camino, y has recorrido otra vez la playa para ver si volvías a encontrarte allí olvidado, arrastrando los pies por esa arena un poco más fría y un poco más oscura, la alfombra de un futuro inmediato que nunca querrías haber pisado.

 

About time

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tiempo
nombre masculino
  1. Dimensión física que representa la sucesión de estados por los que pasa la materia.
    “no hay espacio ni tiempo fuera del límite de tu universo; el tiempo transcurre inexorablemente”

El primer recuerdo del que tengo constancia en mi memoria, al menos el que puedo traer de vuelta a voluntad, es de cuando tenía seis años y fui capaz de saltar desde la repisa de la ventana del balcón hasta el suelo del susodicho, y aterrizar de pie sin descalabrarme, se entiende. Un pequeño salto para el mundo, la primigenia prueba de verdad para mí. Seguramente hay otros recuerdos anteriores por ahí perdidos que como la magdalena de Proust a veces casi diría que puedo volver a disfrutar por un instante, pero a decir verdad se diferencian tan poco de un sueño que no me atrevo a sacarlos del cajón del archivador que corresponde a la V de volátil, de vida, de vivencias, verdades, y vacíos, de vacíos perfectos. Porque como en aquella historia de Stephen King, puede que la memoria que de verdad importa sea eso, un viejo archivador de fichas olvidado en el cuarto más viejo y mohoso de la biblioteca, al que sólo vuelves de verdad cuando alguien pone la magdalena correcta bajo tu nariz, el tiempo como manifestación física y perceptible de la impermanencia.

La caverna

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Había en aquellos años un olor diferente en el aire cuando llovía a última hora de la tarde. Seguirían siendo pequeñas realidades incontestables aunque nadie más te las comprase, como esa primera mañana de septiembre en la ya que sientes algo distinto y sabes que como a todas las gentes del otoño te toca empezar a despertar de la animación suspendida del verano. Los mitos nos previenen, y si alguna vez lograses escapar de la caverna, tu suerte sería también tu maldición, pues por mucho que te esforzases en explicar a los pobres diablos de dentro lo que has visto, decidirían quedarse en el interior y seguir rascando la cabeza del dragón, y tú saldrías de allí como un Tarsos de pacotilla al que mandarían de vuelta por donde había venido. La cuestión es que durante esos pocos segundos en los que el olor de la la leña quemando en la estufa a lo lejos te transporta allí donde tú sabes, jurarías que tienes todo lo que necesitas, y que has entendido como funciona lo que hace girar el mundo.

La forma del tiempo

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Tal vez como decía Bradbury el tiempo se parece a la nieve que cae calladamente en una habitación negra. No lo sé. Hace ya unos años, tras unas cuantas excursiones por el monte con mi tío (que aún con 75 años me dejaba atrás subiendo las cuestas campo a través como si no le pesaran los años ni el ánimo), durante un par de veranos le cogí el gusto a calzarme las Chiruca, colgarme la cámara y salir cada mañana a explorar sin rumbo para ver lo que salía a mí encuentro, disfrutando del olor del tomillo seco al caminar a través de un paisaje siempre humilde y asequible, o subiendo a lo alto de los riscos y los collados para ver lo que parecía el mundo desde ahí arriba y luego buscarme una vía de retorno que me dejase en casa a la hora de comer. Revisando otras fotos de aquellos días, las botas aún parecían nuevas y en la barba costaba encontrar alguna cana. Exploración a pequeña escala en el patio trasero de tu casa, y en el patio trasero de tu memoria. Muchas veces no se necesita más, y por eso aquellos días vuelven a tu cabeza sin esfuerzo, como aquella primera vez que probaste una tortilla de collejas.

La Sirena

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Está ahí, la has sentido antes siquiera de haberla imaginado y has caminado hacia allí con la certeza de que te estaría esperando la oscuridad que surgía de la roca misma, que susurraba tu nombre una y otra vez desde lo más alto para que te olvidaras de todos y de todo excepto de subir a jugar con ella un rato o un día entero, si te preguntasen no sabrías decirlo, y agradeces no haber subido solo para que, al menos en esa ocasión, alguien más se acordase de tu nombre para reclamarte desde el mundo de los vivos.

El accidente

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Al igual que una nueva herramienta, el azar es a veces un corriente de aire que levanta las cortinas que cubren la entrada a caminos inesperados. Caminos que en muchos casos acaban en una tapia que no deja otra opción que volverse por donde se ha venido, pero que de vez en cuando te dan acceso a un nuevo campo de juego. Veremos.

Formas de ver (*)

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Nos costó lo nuestro, mucho más de lo que debería, pero por fin, la otra tarde pudimos encontrar un rato sin prisas para hablar. Del trabajo, de la vida, del arte, de bicis, y cómo no, de sus alegrías y penas asociadas.

Le comentaba a Enrique en un momento dado que no tenía yo muy claro que tal me las iba a apañar con el ojo pegado a un visor y mirando a través de un rectángulo (vertical, para más inri) en el formato 6×4.5 de la Fuji, tras tantos años trabajando con las Mamiya de 6×6 y su visor de cintura.

Algo más de un año después, sigo sin creer en las balas de plata, pero reconozco que no sólo me he enamorado de la funcionalidad de esta cámara en el uso diario y de cómo cae en la mano y en el ojo como si siempre hubiese estado ahí, sino que de propina le estoy muy agradecido por haberme regalado la obligación de desarrollar otra forma de ver. No sé si eso me llevará a alguna parte, pero por lo menos lo diferente me ha devuelto ciertas ganas de hacer algo.

(*) https://en.wikipedia.org/wiki/Ways_of_Seeing

Lo que fluye

...

No recordaba el año con exactitud, porque a la memoria le pasa con la rutina lo que a la Polimerasa con los nucleótidos repetidos, empieza a perder la cuenta del cuánto y del cuando. Fue en el 2013 cuando la mítica librería Canuda de Barcelona echó el cierre definitivo tras sucumbir (cómo no) a la imparable burbuja de los alquileres, que por entonces aún era noticia y ahora algunos ya consideran un signo natural del progreso. Por el camino se llevó todos aquellos estantes de libros usados que esperaban a alguien que airease un poco sus páginas, y a cambio obtuvimos la enésima instancia de la cadena de ropa de turno.

Ironías del destino, varios años después, concretamente ayer, me enteré de que tras el cierre algunos antiguos trabajadores y clientes se habían unido en un proyecto conjunto para abrir una nueva librería con el nombre, espíritu y parte de los fondos de su predecesora. Lo irónico es que lo primero que leí al respecto es que la historia se repetía, y de nuevo una subida del alquiler les obliga a trasladar su sede.

Habrá que espabilar y pasarse a visitar la segunda resurrección del Ave Fénix, a ver si por casualidad conservan aún algunos de aquellos libros amarillos que editó Juventud antes de que la próxima burbuja los mande más allá del Besós o ya directamente corriente abajo, flotando boca arriba y sin posibilidad alguna de remontada, fluyendo hacia esa sopa de guisantes en la que Eduard Admetlla batió el récord del mundo de inmersión con aire comprimido tras conseguir bajar hasta los 100 metros en 1957. Y subir, claro.